Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

euskal show

Sin txapela y yo con estos pelos

Come y calla (I)



Le despertaban los gritos de su madre insultando a su padre. Las palabras le llegaban como un redoble pedregoso, deshilachadas, ya casi indescifrables, tras retumbar por el largo pasillo. Sentía el impulso de aporrear su puerta y decir tengo sed, o me duele la tripa, por ejemplo, para obligarles a acabar la pelea. De gritar basta ya sin moverse del sitio. De llorar hasta el hipo, dolorido de desamparo. Pero siempre se quedaba inmóvil, como una estatua, escuchando sus propios latidos en las sienes, con miedo a ser descubierto en vela, testigo espantado de aquella catástrofe incomprensible. No quería que supieran que lo sabía, para no tener que pasar a tomar parte - formalmente - de aquel viscoso error. Por eso procuraba no rozar una sábana, no respirar fuerte, no despertar al grillo del somier. Sufría pensando que, si hacía algo, lo que fuese, podría empeorar las cosas y, al mismo tiempo, se quería morir por no hacer nada. Quería desaparecer.

Las primeras veces, sólo les oía. Con el tiempo, las trifulcas se tornaron más frecuentes y violentas, a cualquier hora y en cualquier sitio. Así que empezó a ver cómo su madre - desencajada - arañaba, golpeaba, escupía y zarandeaba - entre insultos y maldiciones tronantes - a su padre que, en ningún caso, hacía otra cosa más que desasirse, apartarse, tratar de zafarse hasta ganar la puerta de la calle y, con un portazo seco, desaparecer un par de horas para regresar, de puntillas, y acostarse en el sofá. Vivía en permanente zozobra, siempre temeroso de que - en cualquier momento - estallase el volcán, atento al menor indicio premonitorio. Le temblaban las piernas, le faltaba el aire, el estómago se le volvía una piedra helada y tenía ganas de vomitar, con sólo pensar que aquello pudiera ocurrir de nuevo. Y ocurría, inexorablemente, una y otra vez.

Con los primeros gritos, corría a esconderse en donde le viniese más a mano: en el retrete, dentro de un armario, bajo la mesa de la cocina. Cerraba los ojos - si no lo ves, no sucede - y, con frecuencia, no abandonaba su escondite hasta haber disfrutado un buen rato de las llamadas angustiadas buscándole. Empezó a no comer. Se sentaba ante el plato, a veces, durante horas. Su madre le metía la comida en la boca y le gritaba ¡traga!, pero - aunque lo intentaba - sólo conseguía escupirlo o, a menudo, vomitar lo poco que había ingerido. Desesperada, ella le estrellaba la comida en la cabeza, se la restregaba , le arrastraba por el pasillo cogido del pelo, gritando como una posesa. Le llevó al médico, que dictaminó su perfecta salud y le recetó un jarabe aperitivo y reconstituyente - sabor a vainilla, riquísimo - que no surtió efecto. Vomitaba, incluso, antes de las comidas. Le llevó a otro médico, que le diagnosticó aerofagia y le recetó un regulador pancreático. Siguió sin comer y, además, comenzó a orinarse en la cama: todas las mañanas despertaba muerto de vergüenza, empapado. Más gritos, insultos, bofetones, sábanas mojadas estrujadas contra la cara y la obligada visita a un nuevo médico. Mire, señora, cuanto menos caso le haga, mejor. Perplejidad. ¿Será posible?. Enojo. ¡Qué se habrá creído, tratarme como a una histérica!. Más escenas. Nuevas batallas campales ante un plato de tallarines. Esconderse. El placer también, sí, eso es, el extraño placer - ya no sólo la vergüenza - de chapotear en la cama esperando, impaciente, las exclamaciones de ira y preocupación. No volveré a hacerme pis en la cama, le hizo grabar su padre - con su propia voz - en una cinta sin fin que sonaba toda la noche, junto al cabezal, en un enorme magnetófono "Ingra". El hombre había empezado a leer a Freud - Histeria y Neurosis obsesiva -, buscando explicación a lo de Marta. Su entusiasmo por las revelaciones psicoanalíticas, junto a su antigua afición a la electrónica y a toda la cacharrería tecnológica, le impulsaron a acometer el descabellado experimento. Sin ningún resultado.

Luego, tuvo hepatitis. Se puso como un limón. El blanco del ojo, se tiñó de amarillo azufroso. Vomitaba día y noche. Pasaba las horas en duermevela, sudoroso, con pesadillas febriles en las que el mundo se volvía blando y lento, poblado de enormes rostros flotantes, sin cuerpo, máscaras de mueca fiera, amenazantes. Las inyecciones de hígado, aquel caldo viscoso que obstruía la aguja, le dolían hasta el alma. Le atiborraban de mermelada, compota y galletas que vomitaba al instante. Es imposible que este crío tenga algo dentro, no sé de dónde lo saca, solía decir Marta, lloriqueando. Pero el pequeño monstruo seguía con sus arcadas, expulsando apenas una babilla biliosa, vaciándose ya sólo de la nada interior, mientras los gritos de sus padres en la cocina - otra vez los gritos - le alertaban de una nueva gresca, y él se quería morir - sin conseguir más que vomitar - por no acertar a hacer nada que pudiese evitarlo: quería desaparecer, licuarse, vaciarse completamente de sí mismo e irse por el desagüe del lavabo.


Referencias

Dirección para referencias

Comentarios

  1. Escalofríos me han dado al leerte.
    Me suena demasiado todo, no es buen momento para vivir, de nuevo, determinadas experiencias empezando a olvidarlas, de nuevo ...

    Comentario de GLAUKA hace 3 años y 42 meses

  2. Qué triste, querido Ernesto, me he quedado.

    Comentario de amanda hace 3 años y 42 meses

  3. Qué bien escrito está, y qué cercano. Cómo llegas, siempre lo digo pero no me importa repetirme, cómo llegas de bien y qué distancia tomas para poder contarlo todo. Todo.

    Enhorabuena, Ernesto querido, me ha encantado leerte otra vez. Mucho.

    :-) (mucho)

    Comentario de La donna è mobile hace 3 años y 42 meses

  4. Queridas Glauka y Amanda, mis atentas y entrañables amigas, no pretendía apenaros -ni a vosotras, ni a nadie-, y ya estoy arrepentido de haber escrito algo que ha obrado ese inesperado efecto. Ganas de borrarlo. Yo ya estoy curado de todo eso, en parte gracias a pasarlo por el alambique literario. Mi autoterapia. Aún duele, pero menos (suelo decir que ya no es herida, sólo magulladura). Así que "tranquis".

    Respecto a ti, Donna "mía" (cuánto me gusta nombrarte así, "mía", para mis adentros: tanto que ya se me "escapa" decirlo en público, no sé qué van a pensar), creo que la "forma" en que me dices lo que ya otras veces me habías dicho (y no me cansa), es lo más bonito de cuanto me has venido a contar nunca. Ese modo delicado, un poco con pies de musgo, tras un silencio un tanto incomodante tal vez, de efectos que no se sabe bien... pero, por si acaso. Ese afecto de verdad, también, nada afectado. Ese cuidado exquisito. Y la ternura infinita que tiembla en ese delicioso "mucho" entre paréntesis. Siempre me conmueves. Te quiero, Donna. Gracias por hacerme tan sencillo y tan cálido cada `retorno´desde mis musarañas de vago empedernido: me pasa con todas las personas a quienes más quiero, que cada vez que las veo es como si nunca nos hubiésemos separado. Te llevo aquí.

    Comentario de Ernesto hace 3 años y 42 meses

  5. ¡Qué cercano te siento en alguno de tus escritos! ¡Es tan difícil tomar distancia! La distancia justa para narrar, sin acritud, sin odio, sin ganas de venganza... solo tomar distancia y lanzar una historia, como ese sedal que luego se deja ir corriente abajo. Con suerte, cuando el sedal se recoge de nuevo, lo que dejamos en él vuelve más pequeño. Y seguimos lanzando con la esperanza de que cada vez el trocito que regresa sea más y más chiquito, hasta que desaparezca.
    Sonrisa y beso

    Comentario de Tana hace 3 años y 42 meses

  6. Muy triste, muy tremendo. Pero endiabladamente bien escrito. Suscribo el comentario de la Donna.
    Beso.

    Comentario de ana hace 3 años y 42 meses

  7. Ayer a última hora imprimí el texto para leerlo esta mañana durante el trayecto al trabajo. Estremecido hasta el dolor, emocionado, te mando un abrazo. Creo el haberlo escrito es algo necesario para ti, una conjura contra los demonios interiores, una forma de compartirlos con sensibilidades afines.

    Por suerte, aquel niño de ayer, con algunas cicatrices indelebles, es el hombre sensible, pasional, agudo y entrañable de hoy. Y aquella pesadilla es ahora, gracias a una invencible capacidad vital, un relato triste pero vibrante, encerrado en la autenticidad de unas palabras que ya no son carne.

    Comentario de rythmduel hace 3 años y 42 meses

  8. Querido Ernesto, ¿cómo no vamos a entristecernos al leer esto? A mí me parece terrible, me da mucha pena (que está bien escrito es evidente; si no, nada de eso pasaría).

    Parece que en este caso había una culpable clara, al menos para ti. ¿Qué habrías querido que hicieran, Ernesto? Si tú hubieras podido decidir por ellos, ¿qué habrías hecho?

    Un abrazo (por supuesto, contesta sólo si no te incomoda).

    Comentario de Portorosa hace 3 años y 42 meses

  9. Querido Ernesto, ¿cómo no vamos a entristecernos al leer esto? A mí me parece terrible, me da mucha pena (que está bien escrito es evidente; si no, nada de eso pasaría).

    Parece que en este caso había una culpable clara, al menos para ti. ¿Qué habrías querido que hicieran, Ernesto? Si tú hubieras podido decidir por ellos, ¿qué habrías hecho?

    Un abrazo (por supuesto, contesta sólo si no te incomoda).

    Comentario de Portorosa hace 3 años y 42 meses

  10. Querido Ernesto, ¿cómo no vamos a entristecernos al leer esto? A mí me parece terrible, me da mucha pena (que está bien escrito es evidente; si no, nada de eso pasaría).

    Parece que en este caso había una culpable clara, al menos para ti. ¿Qué habrías querido que hicieran, Ernesto? Si tú hubieras podido decidir por ellos, ¿qué habrías hecho?

    Un abrazo (por supuesto, contesta sólo si no te incomoda).

    Comentario de Portorosa hace 3 años y 42 meses

  11. Nunca se sabe. Al menos, yo no lo sé. Sinceramente, qué sé yo, querido Portorosa. No me incomoda, pero sí me desasosiega un poco no encontrar las palabras precisas para responderte. Lo que sí sé es que no es ésta una historia de culpas y culpables. Sólo de magulladuras lejanas que hoy me vienen a las teclas como material literario, sin apremios autoanalíticos. Me doy cuenta de que, normalmente, los padres no lastiman a sus vástagos adrede. Pero yo sólo quería que me "mirasen" como algo más que un "tubo digestivo", supongo. Recibir más que cosas. Pero ésta es la materia de futuros escritos, así que... "hasta aquí puedo leer".

    Gracias a Portorosa, a quien quiero recordar que el texto es "literario" y no (ni mucho menos) notarial. Gracias a S. (rythmduel), a quien prefiero llamar S. porque nunca me acuerdo de dónde coño va la "h" de rythmduel. (El segundo párrafo de su comentario me ha puesto un nudo aquí, como siempre que "dos se miran y se reconocen", algo que me sucede frecuentemente con este humano tan querible).

    Gracias a "ana", que tampoco dispone de caparazón y me piropea muy agradablemente.

    No os perdáis "Come y calla" (II), próximamente... (jajajajajaja... qué raro me siento "anunciando el producto", ¡qué colmo!)

    Besos a mares.

    Comentario de Ernesto hace 3 años y 42 meses

  12. Perfectamente.
    Un abrazo.

    Comentario de Portorosa hace 3 años y 42 meses

  13. Ernesto, ¿me dejas darte un abrazo?
    (Nunca -te lo juro- me he sentido más triste que ahora mismo. Nunca he deseado mientras leía que todo fuera una fantasía).

    Saf

    Comentario de Saf hace 3 años y 42 meses


Recordar datos


euskal show © Todos los derechos reservados al autor
Sindica este sitio usando: RSS 1.0, RSS 2.0, Atom.
Esta bitácora se mantiene con Bitacoræ.
LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009