Luna de hiel
Ernesto - 20-03-2006 20:05:25 | Categoria: Alguien que anda por ahí

A Rosa M.
Este texto podría titularse "te quiero sólo para un sueño II", puesto que es continuación del que me publicó en su blog, hace ya un siglo, mi querida Donna. No lo busquéis aquí. No está. Lo escribí para regalárselo. Si queréis leerlo y, así, adentraros mejor en los aromas de este nuevo post, no tendréis más remedio que acudir a casa de La Donna (¡y eso que saldréis ganando, si os perdéis entre sus destellos magistrales!).
Valencia, 1954
Él le contaba la tristeza de su exilio, el desgarro de abandonar Valencia, cuando purgaron a su padre desterrándole a estaciones y apeaderos por los que "por no pasar, ni pasó la guerra". Años de plomo. Fugitivos de Caín por españas polvorientas, de navaja y olvido. Miedo. Más miedo que vergüenza. Se lo iba contando a borbotones. Marta le escuchaba en silencio, cogida del brazo, mirando el cauce seco del Turia, tratando de ponerse en la piel de aquel adolescente expatriado, recordando su propio extrañamiento cuando -con once años- se la llevaron de Bilbao, así, también de sopetón, de madrugada, a toda prisa, huyendo de la misma guerra, con su padre en El Dueso condenado a muerte. Pero no encontraba resonancias. No lograba evocar ninguna angustia. Quizás era demasiado pequeña para saber lo que ocurría. Lo único que acudía con nitidez a su mente, era la imagen de dos náufragos del mismo naufragio, arrojados por la marea a la orilla de la misma playa. ¡Podríamos no habernos conocido!, exclamó Marta entre sobresaltada y sorprendida de que no se le hubiese ocurrido antes. Eso les pasa a todos los que se conocen, se burló Alberto. Rieron y apretaron el paso, de regreso al hotel. Se había nublado y el viento soplaba fresco, invitando a refugio. Alberto hablaba sin parar, excitado y feliz, porque todo lo que encontraban a cada paso, al doblar cada esquina, le recordaba algo que se apresuraba a comentar atropelladamente, con aturullado énfasis, urgido a desvelarle a Marta escucha, esto es parte de mí, de ahí provengo, me constituye: mírame, ahora soy un árbol que se arranca la corteza, pongo ante ti los nudos de mi madera, las vetas más antiguas; no son formas caprichosas; encierran una valiosa información, revelan tronzaduras, podas, vendavales, incendios, plagas, sequías, granizadas... Quiero que me conozcas, que nos conozcamos. Estoy asustado, porque no te conozco y nos hemos casado, no sé si le pasa lo mismo a todo el mundo. Daría cualquier cosa por ser capaz de decirte todo esto así, tal como lo pienso, pero no me atrevo.

Me tomarías por loco. No es lo que se supone que debe decir un esposo en plena luna de miel. Un esposo, en la luna de miel y en cualquier otro momento, lo que debe decir a su esposa es un bolero: muñequita linda, me arrullas con tu voz de cristal, mirando al mar, verdad que me siento más cerca de Dios y cosas así, no sé.
De modo que caminaban y él le seguía poniendo mucha intención a su perorata, pero no lo pasaba a limpio. Y Marta se desentendía, un poco aturdida, observando a las parejas que esperaban el tranvía o charlaban en los cafés, con la perplejidad de acabar de descubrir que eran extraños en almíbar.
Las farolas recién encendidas, derramaban una luz lechosa y oscilante que volvía más empalagosa la noche, la ciudad, España entera, el mundo ahogándose en una pegajosa inundación de almíbar espeso en el que Fred Astaire podía aún chapotear con elegancia, empuñando un paraguas y mintiendo, también él, al proclamar -cantando- que era lluvia.
Y fue entonces, en uno de sus arranques de determinación alucinada, cuando decidió odiar todo lo que fuera descubriendo acerca de su marido. Fue en aquel momento, allí, en la Plaza de España de Valencia, mirando pasar en un tranvía con jardinera a un tipo que se parecía horrores a Clark Gable, cuando se prometíó cambiarlo del revés y seguir eternamente enamorada de su sueño de él -te quiero sólo para un sueño-, de una fantasmagoría a la medida de su delirio de amor. Y, así, comenzó a aborrecer todo su pasado sin ella, sus aficiones, sus manías, su visión de las cosas. Inició la costumbre de llevarle la contraria por minarle, erosionarle, destruirle quedamente -obstinada termita-, para impedir el contraataque y lograr el hastío, la claudicación, el abandono de zonas devastadas de sí mismo, solares arrasados sobre los que ir edificando su anhelado príncipe azul. Desarrolló una explosividad volcánica, temible. Divina, extraterrestre, sufriente, incomprendida, desairada, víctima siempre de una confabulación universal. Insoportable, incluso, para sí misma. Rehuyendo con denuedo a los demás y, a la vez, esclava obsesiva del qué dirán, víctima y verdugo de su propia paradoja. Acomplejada y soberbia. Pesimista e irascible. Consentida, resentida. Celosa, recelosa. Ella, un error de la naturaleza: como el ternero que nació con dos cabezas y vino retratado en el periódico -lo guardaba, con otros recortes, en una caja de zapatos-. Ella, quitándose la ropa -a oscuras- en la habitación del hotel Liria, aborreciendo la ineludible obscenidad del momento, tan alejada de sus ensueños y deseos como la gula les pueda ser ajena a los arcángeles. Acostándose, después, muy despacito y suplicando no, no enciendas la luz. Conteniendo la respiración. Esperando el repicar de campanillas y escuchando, únicamente, los breves jadeos del amante invisible. Escindida entre la fantasía de lo sublime y la atenta observación de la prosaica organicidad del asunto, tuvo la sensación -ya conocida, y que tanto se repetiría a lo largo de su vida- de que se estaba perdiendo algo. Y no lo encontraría nunca. Pero ella, entonces, no lo sabía. Lo único que sabía era que Alberto se había desplomado como muerto, con un quejido ronco, derramando en su sexo algo caliente y viscoso.
Durante mucho tiempo, no se atrevió a moverse. Cuando le oyó roncar, se levantó a lavarse y lloró sin dolor, mirándose en el espejo del baño, sin saber bien por qué. De vuelta a la cama, a tientas, le dio un beso en la frente al príncipe gris y se durmió pensando -entre sorprendida y resignada- así que era esto...
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Imprimo el post y mañana lo leeré en el Cercanías, durante el trayecto al trabajo. Un abrazo.
Comentario de rythmduel hace 3 años y 44 meses
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Inciso: anuncio de ETA, tregua definitiva.
¿?
Un abrazo.Comentario de Portorosa hace 3 años y 44 meses
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Ya lo he leído, con el trasfondo de la noticia que comenta Portarosa. Me sabe a poco, maestro. Me has dejado con la miel en los labios: quiero más, no te detengas... Ya te he escito muchas veces lo de las sensibilidades afines, pero no me cansaré de repetirlo, a menos que me hagas callar: paseamos por la misma avenida incierta y misteriosa, repleta de ensueños.
Un texto muy bien trabajado. Muy redondo... que se hace corto. Quizás debieras abordar (si no los has hecho ya) proyectos más extensos. Puedes y debes.
Voy a escribir ahora mismo, como mejor pueda, sobre la tregua.Comentario de rythmduel hace 3 años y 44 meses
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Lo de Bitácoras no tiene nombre. Esto lo primero.
Después, quiero decir ahora, no voy a poder decirte nada que no sepas. Que podríamos no habernos conocido, eso lo primero, y que es una bendición que eso no sea verdad. Porque me gustas. Me gusta Ernesto como es, tan cercano, me gusta Ernesto y ya está. Eso lo resume todo. Me gusta que te acuerdes de la primera parte de este relato y que hables de ella de ese modo (eso sólo te sale a ti así de dulce, que lo sepas). Me gusta cuando exploras (porque estás como ausente, XDDDD) el pasado, el tuyo, el de los demás, la observación profunda a la que sometes cada detalle. Eso para mí también es importante, creo que es en ellos donde se esconden hasta los más radicales cambios. Y tú sabes tratarlos, a ellos, a todos, a mí, siempre con mucha atención y gran cariño. Y eso no creas que vale poco.
Estoy muy contenta porque me hayas dedicado algo, y por poder agradecértelo, por fin (hay que ver, oye, qué patata de servidor). Un abrazo, vida, :-)
Comentario de La donna è mobile hace 3 años y 44 meses