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Sin txapela y yo con estos pelos

Aquella navidad

Animado por la propuesta de Miranda, me he remangado, he vuelto a entrar en la cocina y me he puesto a guisar el plato "la navidad más triste" aunque, en realidad, ha habido otras peores. Pero, aquélla, fue la primera de mi vida en la que el desasosiego le asestó una buena dentellada a mi alegre inconsciencia: un hito.



Barcelona, 1961. Mi casa tenía una terraza inmensa que mi madre había llenado de macetas, de todos los tamaños y colores, para ajardinarme los juegos. Y una cocina económica -la chapa- que, en invierno, caldeaba mis meriendas al amor de la radio, con Matilde, Perico y Periquín. Es lo que más recuerdo. Por detrás, la casa daba al corraló, un callejón adoquinado y sin tráfico, cerrado por una verja oxidada. Como Serrat, ..."tenía un cielo azul y un jardín de adoquines/ y una historia a quemar temblándome en la piel". Por delante, teníamos un balcón a la calle que, en el Corpus, mi madre vestía con una colcha granate y, por Pascua, acogía mi palmón bendecido. "Tenía un balcón con albahaca/ y un ejército de botones/ y un tren con vagones de lata/ roto entre dos estaciones". Desde ese balcón, el niño de la mirada inexorable que ya sabía algunas mentiras primordiales del mundo adulto de dentro, obtuvo su primera visión de la tramoya del mundo exterior. Fue durante una cabalgata de Reyes, con mis padres, mi hermana y algunos amiguitos del vecindario, en medio de la emoción, los aplausos y los ojos como platos. De pronto, reparé en que Baltasar era el drapaire. El trapero era toda una atracción para los críos del barrio, la encarnación del hombre del saco, a quien solíamos seguir haciendo burla, con una nerviosa mezcla de algarabía y temor. De nuevo Serrat, que lleva toda su vida componiendo la banda sonora de la mía, lo describe con precisión poética: Sóc el drapaire,/ compro ampolles i papers,/ compro draps i roba bruta,/ paraigües i mobles vells.../ Sóc el drapaire,/ i els marrecs anaven cantant./ "Ja m´esten emprenyant massa./ No us ha dit la vostra mare/ que jo sóc l´home del sac?". Demasiado conocido por el público infantil. Aún me pregunto a qué cerebro brillante se le pudo ocurrir disfrazarlo de Baltasar y, además, hacerlo tan mal: con el rostro apenas tiznado, era -inconfundiblemente- él. Y me puse a gritarlo, ¡es el drapaire!, haciendo bocina con las manos, a pleno pulmón, impulsado por una ansiedad parecida al vértigo de mi caída del guindo, ahogado en la indignación de un deshauciado en un derrumbe, rabioso, vengativo. Casi puedo sentir, de nuevo, la enorme mano de mi padre apretándome los labios, apretando con mucha fuerza, con demasiada fuerza, haciéndome daño, intentando -en vano- amordazarme. Mis padres, seguramente, no supieron qué hacer -¡eran tan jóvenes!- y optaron, descompuestos, por simular que nada había ocurrido. Toda la noche estuve -desolado- oyéndoles trastear por la casa, sin pegar ojo.

Por la mañana, contemplando el espectacular alarde de juguetes desparramados por el suelo del salón -¡dios mío!, ¿cuánto se habrían gastado?, ¿cuántas horas extra de mi padre se me aparecían allí, a mis pies, como una ofrenda a un diosecillo pagano?-, fingí la misma ilusión de siempre, ante sus miradas expectantes y sus sonrisas de alivio. Nos mentíamos, pero hacíamos como que no -con el tiempo, todo un clásico familiar-. Ahora pienso que nadie, nadie, tendría que aprender cosas así -esa clase mortal de mentiras, no la treta venial de las noches de Reyes- tan precozmente.

Al mediodía, bajo un sol radiante, casi primaveral, la terraza era un revoltijo de niños y juguetes -habían venido mis primos-, una feliz anarquía a espaldas de los mayores, lejos de sus miradas: un día de bula. Por eso, nadie me vió hacerlo, nadie pudo impedirlo y nadie daba crédito a sus ojos cuando lo descubrieron. Como una sombra, me deslicé hasta la cocina, lo cogí de un cajón y regresé a la terraza, empuñándolo con fuerza. Tumbé sobre un costado al hermoso caballo de cartón, que parecía mirarme con un solo ojo espantado, apoyé el cuchillo en su tripa y lo rasgué de un tajo, abriéndolo en canal.

Hasta el día de hoy, irreductible, mi madre -gran lectora y propensa a un cierto sentido trágico de la vida- ha sostenido la versión literaria de que lo hice por desquite, arremetiendo contra el caballo de Troya que había asaltado y aniquilado mi inocencia. Pero mi padre -se lo escuché contar, risueño, tantas veces- siempre tuvo la certeza de que lo hice, únicamente, por curiosidad. Y así fue. Así lo recuerdo yo también. Fue la primera vez que me pasó -no sabía, entonces, hasta qué punto iba a repetirse aquello a lo largo de mi vida-: sólo quería ver qué había dentro. Y no había nada.

Referencias

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Comentarios

  1. Esa es la primera gran decepción a la que uno se enfrenta, creo yo. Y suele doler el hecho en sí, pero mucho más la sensación de ser el único que no está al tanto todavía, ese sentir que eres el tonto de la película. Ese "¿cómo no me había dado cuenta?"

    Comentario de Teresa A.M. hace 2 años y 32 meses

  2. Chapeau. Bravo, Ernesto, bravo. Me he dejado mecer por tu relato. Estoy encantada y entusiasmada (vas a hacer que me empiece a gustar la Navidad de nuevo. Yo también quiero despedazar un caballo, quiero ver lo que tiene dentro, of course).

    Un beso muy fuerte. C.

    Comentario de Calamity hace 2 años y 32 meses

  3. Y ¿dices que es triste? No sé, será que soy un poco siniestra. Ay. Me encanta.

    Comentario de Calamity hace 2 años y 32 meses

  4. No puedo decir que fuera decepción, en mi caso, el descubrimiento de la realidad. Más bien fue una alarmante sensación de pérdida.

    Comentario de Duque de Ínsua hace 2 años y 32 meses

  5. Pero, ¿por qué no se confesó todo, como en casi todas las casas cuando llega el momento, y seguisteis disfrutando de la realidad de ese día? (quizá la respuesta exige tirar mucho del hilo, así que no te preocupes).

    Un abrazo.

    Comentario de Portorosa hace 2 años y 32 meses

  6. Por increíble que parezca, seguimos -todos- haciéndonos los tontos durante dos o tres años más. Entonces. sí: hubo "explicaciones" -del todo innecesarias, como todos sabíamos- y se acabó "oficialmente" el asunto. Yo creo, visto desde ahora, que a veces los padres no están preparados para aceptar el crecimiento de los hijos a su propia velocidad -la de los hijos-, esperando que los cambios se produzcan a la velocidad prevista por ellos -los padres-, eso es todo. Decidieron que no podía ser -como si, así, ya no fuera- tan pronto. Y se instaló entre nosotros una situación ortopédica, a medio camino entre la fantasía y la realidad - toda una "especialidad", marca de la casa-.Pero, como bien intuye Portorosa, es éste un hilo del que no voy a tirar por ahora.

    Yo sé que no es un texto de chapeau, porque vuelvo a escena aún flojo de pilas. Pero os agradezco la acogida calurosa y me río con ganas releyendo lo que ha dicho mi entrañable Calamity.

    ¡Pasen al fondo!: hay sitio y patatucas, no se corten.



    Comentario de Ernesto hace 2 años y 32 meses

  7. Me he sorprendido a mí misma cantando a Serrat mientras leía. Sólo por eso, querido Ernesto, ya te mereces que declare este post como el mejor del día. De mi día, vamos.
    Un beso.

    Comentario de amanda hace 2 años y 32 meses

  8. ¿Sólo por eso, querida Amanda?. ¡Jo!. Y a mi que me hacía ilusión que te gustase el texto... (es broma, claro, no te preocupes: me hace casi la misma ilusión saber que, también, "compartimos" a Serrat).

    Besos.

    Comentario de Ernesto hace 2 años y 32 meses

  9. Oye, que colmo! ¿y no tenía ni serrín? menudo chasco.
    Yo creo que hubiera hecho lo mismo, pero con saña desconfiada. Nunca me han gustado los caballitos, me ha dado cosa siempre, y recuerdo jugar a los vaqueros montando una almohada, en teniendo un caballito que había sido de alguien de la familia y que me parecía un esperpento.
    Pues no parece desgraciada esa navidad.
    Yo no recuerdo cuando me enteré de que los reyes eran los padres (etc) supongo que me lo contaría alguna de mis primas que eran (son) unos loros bilbaínos.
    Por lo tanto no recuerdo trauma al ver disfrazado a Don José (un señor que cuidaba de la huerta y esas cosas) de Melchor...y de hombre del saco (mientras desgranábamos panojas) asustándonos con sus huuus y sus cuentos...o disfrazado de Ojancano, eso sí que fué lo más porque casi se parte la crisma.
    Total, que igual resulta que tengo un pilón de traumas y que por eso no recuerdo que tengo traumas...jojojojojojojojo.
    Beso enorme.
    M.

    Comentario de Miranda hace 2 años y 32 meses

  10. Yo siempre he roto los juguetes, pero cuando ya no servían, cuando ya no me servían (a mí). Entonces sacaba el mecanismo del pequeño y sonoro disco naranja que llevaban las muñecas en la espalda, la caja de música de los peluches (de casa de mi vecina Amalia, sin que se diera cuenta) y eso me hacía disfrutar muchísimo. Si me apuras casi más. Recordar el momento exacto de la caída del guindo no puedo, pero como tú, la marca de la casa ya hacía caer mucho y muy a menudo como para acordarme de un porrazo puntual. De hecho coincidimos en más cosas, a mí también me marcaron con dos o tres hazañas.

    En las comidas familiares, siempre, invariablemente, todos (¿pero cómo es posible que pase?) sacan a relucir cuando me sacaba la caca del paquete y la repartía por la pared (aquí todos hacemos bromas sobre lo artista que era yo, ya desde pequeña y sobre lo paciente que siempre he sido, mamá —la pobre, no daba más de sí— me dejaba en el parque ya ves con qué resultado, “no decías ni pío, eras más buena…”), después pasamos al capítulo “tú rompiste el billete de nosecuantos francos (no recuerdo la cantidad) del tito Jesús” y entonces todos caen en lo ingenua que soy (pero no es así, ahí actué en consecuencia, mi tío Jesús vivía en Francia y venía en verano a visitarnos, un día me estuvo enseñando billetes franceses y ante mi asombro se rió diciendo que eran de juguete, ¿sí, de juguete? Yo me olía que me quería sacar burla y se los rompí. ¡Pues no haberme dicho que eran de juguete!) y ya por último salgo yo, ay yo la pequeña de la casa de las locatis, por encima de todas las voces diciendo: Y todavía os parece raro que no traiga a nadie a estas comidas, ¿eh?

    Cruz de familia graciosa, oye, :-)

    Comentario de La donna è mobile hace 2 años y 32 meses

  11. (Al pobre del tito Jesús también le dejé escapar un loro precioso que se compró en la Feria de Animales Exóticos —feria que prohibieron con los años, naturalmente— al que enseñé a decir "Rrrrrosi". Si llego a medir las consecuencias de todos los actos que he hecho y la de bromas que iban a acarrearme en tooodas las mesas donde nos juntamos más de dos, doblo la apuesta y tiro hasta la jaula, XDDDDD)

    No sé si ya te conté que un día maté un canario a gritos.
    Bueno, pues en otra ocasión.

    Un abrazo.

    Comentario de La donna è mobile hace 2 años y 32 meses

  12. HAHAHAHAHAHAHA!!!!!!!
    La monda!!!! Genial!!!

    Es necesario saber eso del canario, por favor por favor.

    M.

    Comentario de Miranda hace 2 años y 32 meses

  13. Me contaste, sí, lo del canario. Nos lo contaste a todos, porque está en tu blog, Rosa, aunque no recuerdo si era un post o un comentario. Impactante. Y tan bien escrito, que debieras compartirlo aquí con la cuadrilla (propongo), para general encanto. Gracias por tu extenso, evocador y divertido comentario sobre tus (a veces escatológicas, aggg) andanzas infantiles, trastillo. Mar de besos.

    Y gracias a Miranda, que siempre, siempre, me hace reir a carcajadas en algún momento de la lectura de sus fresquísimos textos. Eres burbujeante, como una "Mirinda" (nótese el dudoso chistecillo jugando con la homofonía Mirinda-Miranda, oh rancio retruécano, qué patoso puedo llegar a ser). Besotones, vecina.

    Comentario de Ernesto hace 2 años y 32 meses


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