Un día en la vida
Ernesto - 20-09-2005 19:05:00 | Categoria: Alguien que anda por ahí

Eran las siete de la tarde. Guillermo Azaola se acodaba en la barra y pedía un cortado, sudándole las manos, vigilando la puerta giratoria, deseando y temiendo el encuentro con Teresa, la chica del forro polar granate -llevaré un forro polar granate, le había dicho- con quien había quedado en un chat. Aterrado, la vio sentarse junto a él. No llevaba forro polar. ¿Sería ella?. Pensó: si me marcho ahora no pasará nada, seremos nada, dos nadas que se cruzan sin saberlo, algo perfectamente habitual, sin dolor y sin rastro. Apuró el café y salió, aliviado, al frío de la plaza. Prendió un cigarrillo y, a través del ventanal, aún pudo ver al muchacho con dos zarcillos en la misma oreja llegar y besarla como cosechando un fruto, y llevársela -casi en volandas- asida por la cintura. No era Teresa, pero se avergonzó de haber vuelto a hacer trampa para no ganar. La puerta giró, vacía, tras arrojarlos a la calle lluviosa. Les vió alejarse con cierta melancolía.

Daban las siete en el carillón de la catedral y era como si alguien derramase pececillos metálicos por el cielo algodonoso de Bilbao. Dolores González había dejado los zapatos por la casa y, sin quitarse la ropa, se había tendido en la cama sintiendo latir sus pies entumecidos. Llovía como antes, como cuando era niña, un calabobos lánguido y denso. Inmóvil, escuchaba correr el agua por el canalón como disolviéndose en ella, abandonada a una blanda negrura. Se soñó chapoteando en un mar de cristal caliente, notando en los pies el agradable cosquilleo de los pequeños peces que viven en la orilla, hasta que sonó el teléfono y los vio salir en desbandada, sobresaltados -los peces y ella- por el estruendo que precede al maremoto.
- ¿Es usted familiar de Jessica Azaola? -. La voz femenina sonó tan cuidadosamente aséptica que Dolores supo, enseguida, que procedía de un hospital. Era una voz antibiótica.
- Soy su madre -, dijo antes de contener la respiración y sentir su cuerpo de corcho.
- Le llamo del hospital de Cruces. No se asuste, pero la acabamos de atender de urgencia. Está mal, pero fuera de peligro. Les informaremos personalmente en cuanto lleguen ustedes -. La voz sonó, de nuevo, insoportablemente burocrática. En cuanto lleguen ustedes. No se acostumbraba a ese ustedes que todo el mundo daba por sentado.
Cuánto deseaba ahora que Guillermo Azaola estuviese con ella, no ya para que la tranquilizase lo más mínimo -nunca tuvo presencia de ánimo, se descomponía por naderías-, sino para tener a alguien al lado con quien calmarse un poco a base de decirle no te apures, verás cómo no es nada, y necesitar crecerse ante él para no derrumbarse y aguantar el tirón. Había inventado esa forma de mantenerse a flote en cada naufragio, ya que Guillermo no ofrecía asidero y se iba a pique, paralizado, a las primeras de cambio. Cuánto deseaba ahora tener a alguien a su lado, a él o a quien fuera, para serenarse un poco. Para no tener que conducir como una loca a punto de estrellarse, ella que sabe que conduce con la inseguridad del novato y que va siempre a paso de tortuga, porque hasta eso tuvo que aprender a toda prisa, todo tan nuevo y tan raro y cuesta arriba, sola. Para no tener que perderse, llorando, por pasillos inmensos que huelen a dolor y a los potingues que usan los médicos para mantener la ficción de que todo está bajo control. Para no tener que llegar, encogida, como un gran insecto alucinado, a estrellar su rostro contra el cristal de la UCI y tener que verla sin tocarla, de color mortadela, ojeras sucias, clavada con agujas y tubos a una cama articulada, tan indefensa, tan al otro lado, sin el sostén de una mano temblorosa de la que colgar parte del peso, teniendo que cargar a solas toda la incertidumbre, toda la desolación, todo el miedo. Solas las dos, separadas -como siempre- por algo invisible pero infranqueable, como un cristal blindado.
Una sobredosis, le dijo la enfermera afable, casi humana, que la había despegado de la UCI antes de traerle un recuelo amargo de una máquina de bebidas y prenderle un cigarrillo, en aquella salita sin ventanas que tenía el color desvaído y el olor agrio de las noches en vela.

Pedro Uribe escuchaba en la radio las noticias de las siete, sin prestar demasiada atención, recién salido de una siesta profunda que había obrado el milagro de disipar el mal humor que traía del trabajo. Entonces oyó cerrarse la puerta, un tintineo de llaves y el taconeo de unos pasos por el recibidor y el pasillo.
- ¡Soy yo, cariño! -, anunció Teresa . Él comprobó la hora en el despertador. Sonrió al verla detenerse en el umbral del dormitorio.
- No te esperaba tan pronto. ¿No ibas a tomar café con las amigas?.
- Sí, iba a hacerlo.
- ¿Y?.
- No me apetecía. Decidí no ir -, dijo a la vez que expulsaba todo el aire de sus pulmones. Pedro creyó notar una leve tensión en su voz. La observó descalzarse y le pareció, de repente, una niña que llegase fatigada de acarrear un peso enorme. La vió quitarse el forro polar granate y tirarlo sobre la cama. Sin mirarle a los ojos, con el pelo empapado goteándole en la frente, la niña desvalida susurró con un tono entre tierno y cansado:
- Abrázame, anda.

Entonces, la atmósfera se volvió sólida y osciló violentamente, sacudiéndolo todo. Los cristales se hicieron añicos, con un crujido estremecedor. Tembló el suelo. Tronó como si una bola ciclópea rodase por el cielo para aplastar la tierra. Saltaron todas las alarmas. A lo lejos, se oían gritos espantados, quejidos. Una polvareda que parecía de talco, hacía el aire masticable.
Habían hecho estallar el coche en la Gran Vía, en pleno centro de la ciudad. En pleno centro de sus vidas. En su nombre. Seguía lloviendo sobre las calles mudas, detenidas, atónitas, espantadas. Qué raro aquel silencio taladrado por sirenas. Se miraban unos a otros, ensordecidos, y era como si despertasen y se preguntasen, sin palabras, cómo hemos llegado hasta aquí. Cómo.
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¡Ernesto, qué bien!
Me ha gustado un montón. De verdad, me ha gustado mucho.
Un abrazo muy fuerte, amigo vasco (perdón, se me ha salido la sensiblería, por tu culpa).Comentario de Portorosa hace 4 años y 51 meses
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¡Cuánto me alegra que le haya gustado! (¿ve?, ya eso me compensa con creces de todo lo que me ha costado "sacar" este post, que se me resistía como pocos). Y no me pida "perdón", señor de Portorosa. Que no es "sensiblería" lo que advierto en su comentario, sino emoción y afecto que me honran sobremanera. Le envío un sentido abrazo, amigo mío, desde Euskadi sioux.
Comentario de Ernesto hace 4 años y 51 meses
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Me han parecido unos relatos preciosos, me he encantado el detalle y el realismo como los has narrado, mi enhorabuena.
Comentario de gwydir hace 4 años y 51 meses
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Sí, algo así debe ser. Sin previo aviso. Un estruendo que te deja sordo y además del miedo a no oír nunca más, el MIEDO a que el que estaba a tu lado, haya enmudecido para siempre.
Estupendo, Ernesto!!
Un bicoComentario de Tana hace 4 años y 51 meses
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Gracias, gwidir y Tana. Me alegra que lo hayáis leído y, más aún, que os haya gustado.
Comentario de Ernesto hace 4 años y 51 meses