El niño bobo
Ernesto - 07-09-2005 20:32:26 | Categoria: Alguien que anda por ahí

Lo veía, a diario, al pasar hacia el trabajo. Tomaba aquella carretera, para no tener que someterse a la ansiedad de conducir por la autovía. Prefería "ganar" unos minutos de retraso, atravesando el paisaje arbolado, abriendo la ventanilla y respirando hondo, por las curvas cerradas de la carretera antigua. Ganarle a la jornada de trabajo esos minutos de belleza, sin prisa, para poder afrontar con temple la vorágine diaria. Y allí estaba él, allí lo encontraba puntualmente -¿estaría esperándole?-, al acabar la pendiente, tras una curva a la derecha sin visibilidad, ni arcén, ni cuneta, alzando una vara de avellano, saludando el paso de los coches con alborozo, agitando el palo como una bandera sin trapo, riendo con todas las mellas de su dentadura al descubierto, gordo como un fenómeno de feria. Parecía haber sido encallado allí, hasta que vinieran a llevárselo, con el único propósito de que viese pasar los coches, de que su día plano y vacío adquiriese ese mínimo sentido; o de que no estorbase por la casa, de no tener que verlo a todas horas; de ensayar, cada día, un simulacro de la vida sin él.

Sin saber por qué, algunas noches, al volver del trabajo, se detenía en el pequeño apartadero de enfrente del caserón. Paraba el motor, apagaba las luces y miraba -con el pulso acelerado, temiendo ser descubierto- escudriñando las sombras movedizas tras los visillos: teatro negro, sin más trama que la vida corriente a la hora de la cena en la cocina. Y, así, con retales robados en secreto, iba hilvanando conjeturas, atando cabos. Fue viendo, o creyendo ver. Sabiendo, o creyendo saber. Reconstruyendo, o inventando, aquel pequeño mundo que -inexplicablemente- tanto le intrigaba. Y lo que veía, o creía ver, era un inventario de desolaciones, la crónica de un derrumbe, la agonía silenciosa, discreta, de unas gentes, de un mundo, que se van sin aspavientos, para siempre, pero sin dejar de vivir pegados al suelo, entre los cascotes y la maleza, con la ciega obstinación de las hormigas, como sonámbulos supervivientes del mundo de la madera, sitiados por el destello insultante del acero que avanza cercando al caserío: industrias de nuevas tecnologías, hileras de viviendas adosadas, barriadas de edificios acristalados, autovías.
El caserío tenía varias ventanas rotas, remendadas con papel de periódico. Por el zaguán, hecho un revoltijo, picoteaban las gallinas entre fardos de paja, sillas desvencijadas, ropas tiradas por el suelo, un arado oxidado y cubos de colores llenos de manzanas. El tejado, de tejas despeinadas, estaba hundido en varios sitios, mal cubierto por plásticos que no ocultaban las vigas carcomidas. En la cuadra, siempre abierta, umbría y costrosa de excrementos, rumiaban su melancolía tres vacas esqueléticas. Y había, adherida a las cosas, una pátina de mugre, olvido y moscas. También había un sinfín de perrillos diminutos, desgreñados, moviéndose nerviosamente por todas partes, rascándose y ladrando. Colgando de los aleros, ristras de ajos, cebollas, mazorcas de maíz y aperos de otra época, de madera gastada y renegrida. Y, esquivos, huidizos, dos ancianos grisáceos que parecían estar haciendo siempre algo con extrema lentitud y desgana pero, al mismo tiempo, intensamente absortos en desgranar guisantes o ensartar pimientos morrones, con el gesto reverente y grave de quien oficia un sacramento.

Imposible saber si eran los padres o, tal vez, los abuelos del niño bobo. Él, alto y enjuto, tocado con una boina manchada de cercos blanquecinos, siempre enfundado en la misma camisa de cuadros y unos pantalones de mahón atados a la cintura con una cuerda de esparto. Ella, diminuta y gruesa, el pelo cano, vestida con una bata descolorida que alguna vez fue estampada de flores y un delantal verde pálido, prendido a la pechera con dos imperdibles. Ambos, al igual que sus ropas, anacrónicos, desvaídos, gastados, raídos, zurzidos, como demasiado estrujados contra la piedra del lavadero, contra el engranaje de una máquina invisible empeñada en triturarles, atrapados en aquel deslugar, a la orilla de una carretera secundaria, con sus vidas cubiertas por el polvo que dejan tras de sí los coches desde los que nadie les mira. Hablaban poco, apenas algún breve gruñido, sin que fuera posible precisar si hablaban entre ellos o hablaban solos. Se movían despacio, como abrumados por una carga descomunal. Eran ellos tan ancianos y el niño bobo tan gigantesco, que tenían que llevarle de un lado a otro en una vieja carretilla con la rueda pinchada. Al atardecer, se sentaban los tres en un banquito de madera que ocupaba todo el espacio disponible entre la casa y la carretera, de modo que no podían estirar las piernas sin arriesgarse a que les aplastasen los pies. Veían pasar los coches, el autobús de línea y, a veces, algún nuevo vecino de las viviendas adosadas, haciendo footing, saltando con aprensión sobre las cagadas de vaca, para no ensuciar sus deportivas. Esto último, siempre, les hacía reír de buena gana y era, quizás, lo único que verdaderamente hacían juntos. Por lo demás, parecían vivir desentendidos los unos de los otros o, acaso tan estrechamente unidos por hilos invisibles, que no necesitaban comunicarse con los signos que usamos los demás, aparentando así esa falsa indiferencia, esa engañosa soledad acompañada, a los ojos de quienes ignoramos el código de sus silencios. Sentados contra la pared desportillada, parecían tres animalillos tomando el sol por instinto.
Una tarde lluviosa de un día como otro cualquiera, al acabar la bajada, tras una curva a la derecha sin visibilidad, ni arcén, ni cuneta, no estaba el niño bobo. El conductor notó su ausencia como algo metálico clavado en la garganta. Toda la tarde estuvo masticando presagios, sin lograr concentrarse en el trabajo. Por la noche, de regreso a casa, se apostó en su escondite, frente al caserío, a la espera de que algún movimiento, un ruido, el gesto de una sombra, una vibración del aire, algo, lo que fuera, le permitiese adivinar. Pero sólo pudo ver una completa quietud, ni una luz encendida, todo cerrado a cal y canto. Frenéticos, los perros le ladraban sin tregua y nadie se asomaba a ver la causa del escándalo, ni les llamaba, ni les mandaba callar.
Al día siguiente, salió de casa media hora antes y se detuvo a fisgar, fumando un cigarrillo, con Leonard Cohen sonando bajito, fingiendo hojear el diario. Todo seguía quieto, deshabitado, silencioso, bajo una lluvia fina que acentuaba el aspecto ruinoso del caserón, como si de un día para otro hubiese crecido la hiedra que amenazaba engullirlo, se hubiesen multiplicado los boquetes del tejado y los aleros -desamparados- llorasen goterones como puños. Desasosegado, reanudó su marcha hacia el trabajo acribillado por un blues quejumbroso, demoledor, que le licuaba el corazón a picotazos.

Puede que los servicios sociales del ayuntamiento hubiesen dictaminado que sus vidas no eran adecuadas y les hubiesen archivado, separados, en residencias altamente especializadas, desinfectadas, anónimas, a las afueras. O puede que, uno de ellos, hubiese enfermado y, los otros dos, se hubiesen trasladado a una habitación, una fonda modesta de ésas que abundan alrededor de los hospitales, o a casa de un pariente. O, lo que es peor -aquél era uno de esos días negros en los que sólo conseguía pensar cosas dramáticas-, uno de ellos podría haber fallecido: un anciano, angustiosamente descubierto por el otro al amanecer, aparentemente dormido, rígido, helado. O el niño bobo, atropellado con su vara en la mano -como una bandera sin trapo-, roto contra el asfalto con una sonrisa lela, con su mirada hacia adentro definitivamente vacía. Esto pensaba aquellos días el conductor destemplado, abatido, desconcertado, al pasar junto al edificio que parecía cada vez más deshabitado -¿qué habría sido de los perrillos cascarrabias y de las vacas flacas?-. Sin embargo, transcurridas unas semanas, las cábalas y las preguntas se fueron espaciando, volviéndose menos acuciantes, atenuándose hasta convertirse en hilos delgadísimos, como flecos de la memoria. Se estaba acostumbrando, a toda prisa, a su ausencia inesperada. El olvido -pensó con cierta incomodidad- tiene la zancada más larga que el recuerdo. Y, así, con las imágenes desdibujándose como en una fotografía puesta a remojo, fueron pasando los días. Ya no veía los rasgos de sus rostros -¿cómo eran?- cuando, de tarde en tarde, regresaba de improviso aquella vaga inquietud a perturbarle el sueño. Y pasaron los meses, cada vez más robusta la sigilosa amnesia instalada, a sus anchas, en su mente brumosa. Hasta la tarde en que creyó morirse al doblar una curva a la derecha sin visibilidad, ni arcén, ni casa derrumbada. Junto al solar violentamente vacío, una enorme valla anunciaba el progreso con grandes letras rojas: Residencial "El Caserío", próxima construcción.

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Muy, muy hermoso. Me gusta porque es una bonita historia, porque es un texto cuidado y con algunas imágenes realmente conseguidas, tanto en el fondo como en la forma. Transmites sentimiento(s) cotidianos, dándoles la importancia que merecen siempre aquellas cosas (o personas) que son invisibles para los ojos de la mayoría.
Muchos besos.
Comentario de Iris hace 2 años y 35 meses
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Eso es lo que buscaba: lo que tú has captado a la primera (como siempre) y que tan bien describes en las tres últimas líneas de tu amable comentario. (Con la "guerra" que me ha dado el texto, no puedo evitar, ahora, una sonrisa de satisfacción: "misión cumplida"). Gracias.
Comentario de Ernesto hace 2 años y 35 meses
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Excelente relato. Yo incluso lo hubiera simplificado un poco más, dejando la pura descripción, sin ningún tipo de valoración, opinión o disgresión. De todas formas, es una opinión personal. Me parece redondo, bien escrito y perfectamente terminado.
Hay tantas vidas invisibles y desperdiciadas. Una felexión que también hace mi último (aunque mucho más breve) post.
Un fuerte abrazoComentario de rythmduel hace 2 años y 35 meses