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Sin txapela y yo con estos pelos

El seiscientos



Había cruzado todo Barcelona en primera, sin atreverse a cambiar de marcha, temblándole las piernas. Las calles adoquinadas hacían vibrar al coche con una alarmante trepidación de hojalata, acentuando el temblor descontrolado de los pies en los pedales. La boca seca, la garganta arenosa, la espalda como una tabla de planchar. Las manos -dos tenazas húmedas- se aferraban al volante hasta dolerle los brazos.

Anochecía cuando encontró sitio libre ante el portal. Pulsó el timbre. Prendió un cigarrillo y frotó con el puño de la camisa una mota de polvo en el capó. Miró al sereno alejarse, golpeando en la acera con su chuzo, encendiendo la última farola de la calle y doblando la esquina con aire fatigado. Ella llegó sonriendo, mordiéndose el labio, y se puso a dar vueltas alrededor del coche repitiendo "madre mía", sin dejar de mirarlo, de tocarlo, de acariciarlo, "madre mía", mientras él -a pie firme, con las manos en los bolsillos - reía a carcajadas y, orgulloso, le decía a ella, al mundo, al destino, a sí mismo "¿qué te parece?". Y así estuvieron, "¿qué te parece?" y "madre mía", hasta que fue noche cerrada y el sereno volvió a pasar de ronda, mirándoles con aprensión y, entonces, él la tomó de la mano y le dijo "¿nos montamos?".

A la luz mortecina de una farola de gas, él le mostró el funcionamiento de todos los botones y palancas. "Parece mentira que sea nuestro", susurraba él."Y al contado", musitaba ella. En la radio sonaba el parte de las diez y ella se echó a llorar -con la congoja de una niña abandonada- cuando él le explicó que no podían dejar de ahorrar, porque habría que cambiar de coche en unos años. "Estamos atrapados en la rueda", fue lo que dijo él. Y ella casi gritó "¡yo creía que era para siempre!". Lloraba a mares, goteando sobre la tapicería de skay, con hipos y exclamaciones de desesperación, incapaz de aceptar la crueldad insoportable de aquella revelación: años de pluriempleo, de penurias, de sacarle brillo a la peseta, para poder pagar por aquel trasto lo que costaba un pisito a las afueras, ¡y no era para siempre!. "¿Se encuentra bien, señorita?", preguntó el sereno -ya abiertamente receloso-, repicando con los nudillos en la ventanilla. Mustia y destemplada, se dejó llevar por la cintura hasta la cama, negándose a cenar. Soñó que corría por pasillos que se hacían más largos cuanto más avanzaba.


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Con aquel "SEAT 600" color crema, mis padres nos llevaban a la playa de Sitges los domingos, al campo en Monistrol, al puerto a ver los barcos y montar en "golondrina" y, en junio, tan cargados de bultos en la baca que cada dos por tres le hervía el agua al radiador, nos llevaban al paraíso del veraneo en Asturias, a casa de los yayos, ¡haciendo noche por el camino!.

Con "Manolo" -mi padre puso nombre a todos sus coches y yo seguí la tradición- aprendieron a conducir mi madre, mis primos Jose Luis y Miguelín y un señor, amigo del yayo Ernest, cuyo nombre he olvidado. No recuerdo que nos dejase tirados y, si alguna vez sufrió una avería, mi padre la arregló en un amén sin despeinarse -"este motor es simple como el mecanismo de una lechuga", decía, pero a mí me parecía un ingeniero ingenioso, casi un mago, cuando empuñaba la llave inglesa y cambiaba las bujías-.

Desde el asiento trasero del "seiscientos", mis ojos vieron por primera vez la hermosa desolación de Los Monegros, las dulces montañas del Pirineo, la áspera belleza de la llanura castellana, la sobrecogedora danza inmóvil de los acantilados cantábricos. Tuve el privilegio de ver pasar España por mi ventanilla a la edad en que otros niños ni soñaban con salir del barrio. Creo que, a pesar de ser tan niño, conseguí comenzar a hacerme una imagen bastante cabal de ella y, desde luego, aprendí a amarla en toda su variedad y su contraste, por los cuatro costados, de un modo así de natural, como una impregnación imperceptible que ocurrió, simplemente.

Muchas veces he evocado aquellos viajes como el debut de esta enfermedad de amar a España que me aflige: tercamente, apestadamente, peligrosamente, incorrectamente, fastidiosamente instalado en negarme a elegir sólo un trocito, a arrancarle las capas a mi corazón de cebolla y quedarme nada más que con una, a amputarme voluntariamente de ese modo. Esa enfermedad se incubó en un "seiscientos" mucho antes de ser consciente de ella y agravármela, con entusiasmo suicida, inoculándome dosis masivas de lectura de las generaciones del 98 y el 27.

Por lo que significó para la generación de mis padres y, también, por haber bautizado con gasolina la curiosidad de este "hombre asomado a una ventana" que entonces empecé a ser, rindo homenaje al "seiscientos" color crema que, de un modo distinto al que imaginaba la ingenuidad de mi madre, llegó a mi vida "para siempre" una noche de septiembre de 1960.

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Comentarios


  1. El seiscientos llegó a mi casa antes que yo, ni siquiera tenía letra, y casi no lo recuerdo, salvo por algunas fotos, aunque sí recuerdo muchos de los sitios por donde nos llevó. Casi no nos acordamos ya de cuando en un coche cabían cinco personas y varias maletas, de cuando si hacía calor bajabas las ventanillas (de delante, claro), de cuando sólo había cinturones de seguridad para el conductor y el copiloto...
    Yo tengo una «enfermedad» parecida a la tuya, seguramente no se incubó en un seiscientos, pero si las generaciones del 98 y del 27 la agravan, seguro que agravada también.
    Me gusta mucho este escrito, y los otros que he ojeado (y que leeré con más calma) también.
    Un saludo.

    Comentario de PrincesadelGuisante hace 2 años y 35 meses

  2. Gracias por compartir tus propios recuerdos alrededor del "seiscientos" y una aclaración imprescindible: el de la foto que ilustra el post NO es realmente el que yo evoco (que tampoco tenía letra), sino el más parecido que he encontrado tras quemarme las pestañas buscando durante días.

    Respecto a la "enfermedad", mira, es la primera vez que me alegro de que alguien esté "malito": ya tenemos mucho más en común de lo que es preciso tener para caerse (¿llevarse?) bien. Un beso.

    Comentario de Ernesto hace 2 años y 35 meses

  3. El primer coche que hubo en mi casa también fue un 600. Parecía de goma porque cabíamos todos allí dentro, y las maletas y las bolsas y todo ..., era fantástico.
    Un post entrañable, como tantos otros de los tuyos.
    Muchos besos.

    Comentario de Iris hace 2 años y 35 meses

  4. Me encantan tus evocaciones, Ernesto!! Yo me apunto a esa enfermedad también. En cada sitio que visito de este hermoso país, encuentro motivos de enamoramiento: los cantos de una cala de Jávea, la puesta de sol en la Malvarosa, un campo de girasoles en Soria, la vid que tapiza cierto hotel del Roncal... Y en todos esos sitios, me siento en casa. También cuando me asomo a este rinconcito tuyo. Un bico

    Comentario de Tana hace 2 años y 35 meses


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