Itsasgabe (sin mar)
Ernesto - 24-08-2005 20:37:27 | Categoria: Alguien que anda por ahí

Ese día, la marea había bajado con inusual rapidez. Sin embargo, enfrascadas en sus quehaceres, las gentes seguían a lo suyo sin advertir el fenómeno del que, pronto, todo el mundo hablaría.
Las ciudades con mar, aunque no quieran reconocerlo, viven demasiado sobrecogidas en su orilla. No se atreven a mirarle, para no tener que sufrir de insignificancia frente a tal inmensidad. Le dan la espalda. Tal vez por eso, aquella tarde nublada, los jubilados aburridos en sus bancos del paseo, los taxistas adormilados en la parada de la esquina, los empleados disecados tras los ventanales de las oficinas, los transeúntes colgados por la oreja de sus teléfonos móviles, los operarios vestidos de astronauta limpiando en la escollera el alquitrán de un naufragio lejano, los conductores atenazados en el atasco de las siete, los policías y el viejo barquillero del parque, como ciegas hormigas que poblasen la bahía, continuaron sus vidas completamente ajenos al misterioso acontecimiento que ocurría a su lado y que, al día siguiente, iba a ocupar las portadas de todos los periódicos y el centro de todas las conversaciones.

Resulta que, inexplicablemente, se habían quedado sin mar. Lo supieron por la tele. Las aguas habían retrocedido tanto, que no había rastro del mar hasta donde alcanzaba la vista. Había quedado todo el fondo al aire: arena, rocas, verdín, matas de algas, pequeñas charcas repletas de quisquillas, embarcaciones varadas, peces muertos, lodo.
Muchedumbres pasmadas se agolparon en el paseo marítimo, el rompeolas, los muelles del puerto pesquero, las terrazas y las azoteas, alimentando toda clase de conjeturas. Fueron tiempos de rumores que, como descargas eléctricas, se sucedían a la velocidad del rayo, estremeciendo a las multitudes con unánimes sacudidas de desazón, como trigales despeinados por el viento.

El gobierno autonómico, después de desmentirlo, acabó admitiendo el hecho incontestable, refiriéndose a él como "la bajamar del siglo" y, finalmente, nombró una comisión para estudiar el caso.
La oposición, desconcertada, no supo qué decir durante días.
Se organizaron rogativas, con los santos y las vírgenes en andas por las playas, implorando el milagro que viniese a enmendar aquel contradiós.
Una sequedad desconocida agostó los tamarindos del paseo marítimo, marchitó la mirada de las gentes, ajó las fachadas de las casas y se instaló sobre el alma de la ciudad, como una sed antigua, un desamparo de cielo alto sin gritos de gaviota.
Llegaban noticias de que el mar se había retirado, como un inmenso cortinaje abierto de golpe, hasta Cap Breton y Castro Urdiales. Se rumoreaba que allí, en esos dos extremos del escenario desnudo hasta la tramoya, las aguas habían subido más de dos metros y los pescadores traían los barcos reventados de pesca, tan abundante de pronto que, sin echar las redes, bancos enteros de plata escurridiza se arrojaban saltando a las cubiertas.

La inesperada suerte de los vecinos de al lado, iba alimentando el hongo venenoso del rencor. Por eso, cuando la comisión de expertos tuvo que dimitir sin hallar la razón de lo inexplicable, el gobierno supo que era el momento de recurrir al viejo ardid, tantas veces ensayado con éxito. El ministro de Mareas, solemne como un enterrador, proclamó desde las cabeceras de todos los informativos: "es cosa de Madriz" (sic). Y los hongos venenosos prendieron como yesca.
Hubo encendidas soflamas, denuncias en los tribunales de justicia, acusaciones de traición, insultos, amenazas, hostilidades parlamentarias y callejeras, gritos, tumultos, manifiestos de intelectuales e, incluso, asesinatos a cargo de una pandilla de tarados cuya divisa -"nada sin mar"- era ya un contrasentido que delataba su estupidez. La prensa hablaba de oceanófilos y oceanófobos, sin que nadie atinase ya a discernir si era plenamente de los suyos. Durante años, hubo ruido. Y hubo miedo. Y dolor.
El lecho seco del mar, como huella costrosa de su ausencia, permanecía rotundamente allí, angustiosamente yerto, ajeno y, en realidad, olvidado por todos. Le nombraban sin cesar, pero nadie hablaba de él. Ni siquiera le miraban, para no tener que sentirse interpelados por todo aquel vacío.
Por eso, nadie se fijó en aquellos niños que -felices de ganar para su fantasía aquel enorme patio- jugaban al escondite entre las rocas. Y nadie vio, aquella tarde de octubre, a la despreocupada cuadrilla tropezar -intrigada- con el gran Objeto negro que, después, apenas podían mover entre todos, haciéndolo rodar fatigosamente, crujiendo sobre el barro seco, a ciegas, hacia el hoyo que sólo el chaval encaramado a una peña podía alcanzar a ver. "¡Un poco más hacia el muelle!", gritaba. Y repetía sus aspavientos -como gaviero que anunciase "tierra a la vista"-, brincando de excitación sobre las aristas cortantes del peñasco, arañándose las piernas descubiertas por sus pantalones cortos. "¡Ya casi está!". Nadie escuchó retumbar el suelo, con un eco sordo de campana enterrada, cuando aquello cayó rodando al fondo del hoyo y quedó encajado de tal modo que pareció irrefutable que estaban hechos a medida, el uno para el otro. "¡El Objeto era el tapón, joder!, ¡era el puñetero tapón!, ¡corred, corred, vamos, aprisa, corred!", chillaba el gaviero. Y corrieron. Corrieron hasta quedar sin resuello, perseguidos por un estruendo de catarata. Y alcanzaron, justo a tiempo, las escaleras del embarcadero. Y allí estarían aún, petrificados, silenciosos, boquiabiertos, mirando subir el nivel del agua -ahora ya mansamente-, si sus madres no se los hubiesen llevado a empellones a las tantas.

"Inexplicablemente", habían recuperado la gracia del mar. Esa noche, por fín, los niños volvieron a soñar con sirenas y sus madres con marineros rubios.
(Concebido en Santander, dedicado a San Sebastián, escrito en Maruri en junio de 2003)
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Me ha gustado muchísimo, Ernesto.
Es ingenioso, tierno, divertido, emotivo, está lleno de ironía, humor, imaginación y amor por el mar...
Me gusta, además, porque ese mar, el de Santander, San Sebastián, es también mi mar, ese Cantábrico añorado.
Estoy encantada de volver a pasearme por tus palabras y de que ellas se paseen por mí.
Muchísimos besosComentario de Iris hace 2 años y 35 meses
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Fíjate, hay personas que te llevan con sus palabras al sentimiento (el que sea). Te ponen justo debajo, y chás, eclosiona. Te baña y te empapa. Tienden una hebra, pues pasa por aquí, ahora dobla, pasa por allá, pon el pie aquí, y te atraen. Te hacen trabajar, ir, pensar, buscar el fondo, añadirle planos.
Luego están los visuales. En base al adjetivo exacto y la palabra justa te muestran el camino sin dobleces. No hay más que lo que se lee. Está todo. No hay que poner el pie, porque te lo dan todo hecho. Sencillamente es, viene a ti. Pin, pan, pin, pan, y llega el final. Satisfactorio. Muy satisfactorio.
A ver, su majestad es-coja, :- )
¿Se pide ser los dos, quizá?
¿Se puede ser los dos a la vez?
Fumemos...
Comentario de La donna è mobile hace 2 años y 35 meses
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Mil gracias. Sois demasiado amables. En modo alguno es para "tanto" (lo sé). Simplemente, lo encontré por ahí (ya casi ni recordaba haberlo escrito) y me apeteció "publicarlo". Me alegra (y me sorprende) que haya gustado a alguien.
Comentario de Ernesto hace 2 años y 35 meses
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Así que Maruri... hummm... de allí es mi compañero de piso durante el curso pasado. Un pueblo tristemente conocido por su cura...
Me ha gustado mucho el relato. Como todos los que escribes, creo.Comentario de Vaporetto hace 2 años y 35 meses
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Sí, "tristemente", aunque yo no diría que por su cura sino, más bien, por los trogloditas locales del régimen "nazionalista": ellos fueron los que armaron el jaleo acerca del que -aunque me dé pereza- escribiré un post un día.
Maruri es muy pequeñito, pero díle a tu amigo que no se devane los sesos tratando de averiguar si me conoce: vivo muy aislado en mi casa, sin relacionarme apenas con el vecindario (mi vida social la tengo en otra parte, ya que llevo en Maruri sólo diez años y es para mí un rincón maravilloso para el relax pero mis amigos están en Getxo y en Bilbao). Voy de casa al currelo y viceversa. Dudo que nos conozcamos.
Gracias por decirme que te gusta lo que escribo. Espero que sigamos siendo, mutuamente, lectores (te leo, aunque casi nunca comente: y también me gusta lo que escribes, lo digo sin el "creo", estoy seguro). Un abrazo.Comentario de Ernesto hace 2 años y 35 meses
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Me ha gustado tu relato, Ernesto. Todo lo que tiene que ver con el mar... me atrapa irremediablemente :)
Hace unos años, durante una "tregua" nos decidimos a conocer San Sebastián e hicimos una excursión de un día, con los niños. No pudimos verlo todo pero disfrutamos de la playa, del parque frente al Ayuntamiento, de callejear por la zona de las tapas... Todavía recuerdo lo rico que estaba todo en el "Aralar". Poco después, la tregua terminó. Un día escuché en las noticias que, precisamente, el Aralar había ardido por un coctail incendiario. Qué pena! No hemos vuelto. Cada vez que podemos, nos escapamos a Navarra, al Valle del Baztán, que nos queda un poco más cerca. Espero que un día nos sintamos animados para volver a San Sebastián, cuando sintamos que no hay peligro. Es una ciudad tan hermosa!!Comentario de Tana hace 2 años y 35 meses
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Ojalá pronto puedas venir a Donostia-San Sebastián cuando te dé la gana, sin andar fijándote en si hay "tregua", gracias a la desaparición para siempre de nuestras vidas de esta "pandilla de tarados". Un abrazo.
Comentario de Ernesto hace 2 años y 35 meses