Sensaciones londinenses
Ernesto - 23-08-2005 20:09:19 | Categoria: Alguien que anda por ahí

Día y noche, sin tregua, vuelan sobre la ciudad los helicópteros de la policía. El constante zumbido de sus rotores es un recordatorio atosigante de la amenaza terrorista. "Londres en alerta", dicen las portadas de los diarios y los frecuentes avances informativos de las televisiones. Hay policías por todas partes, de tres en tres, de cuatro en cuatro, nunca solos o en pareja, con sus chalecos antibala y las armas montadas en posición de fuego. Vayas donde vayas, siempre hay una cámara grabando tus movimientos: en los transportes públicos, en las tiendas, en los teatros y hasta en las aceras de cualquier calle. ("En cumplimiento de la ley, le informamos que una cámara le está grabando en este momento", rezan unos cartelitos romboidales, fosforescentes, colgados de las farolas). Para entrar en todas partes, hay arcos detectores como en los aeropuertos o, como mínimo, unos señores (siempre son caballeros con aspecto de polis de paisano) que te pasan una especie de espumadera eléctrica por todo el cuerpo. Esto es lo que hay. Lo ves en cuanto llegas. Lo han puesto ahí para que sea visto, disuada y tranquilice. Ignoro si disuade al zombie que acarrea amoxal oculto en una lorza, pero sé que a mí -lejos de tranquilizarme- me acojona el montaje. Me impide "distraerme", intentar vivir como si la brutalidad no me acechase en cada esquina. Por el contrario, se me recuerda a cada paso mi (nuestra) vulnerabilidad, la inutilidad de toda medida "preventiva" frente al terror nihilista, la inevitabilidad de nuevos zarpazos. Todo me lleva a pensar que hay una inquietante confesión de impotencia colectiva en ese vano despliegue histriónico, una terrorífica ingenuidad, una insultante demagogia elemental para párvulos, el rugido impostado de un animal herido y asustado. No sé si algo de eso o un poco de todo ello. Y me siento más desprotegido cuanto más se esfuerzan en "hacer ver" que me protegen, porque siempre una sobreactuación (como en el teatro) lo vuelve todo menos creíble, pone más de manifiesto el artificio, revela más a las claras el simulacro. Será que soy raro.

¿Y los londinenses?. Tengo la impresión de que, por descontado, sienten algo muy parecido a lo que acabo de describir. Pero, también, aprietan los dientes como nadie y fingen vivir con absoluta normalidad. Puede que no se deba a ninguna cualidad especialísima de transmisión genética, en contra de lo que afirman (insultantemente) ciertos tertulianos patrios, al afán de desacreditar la reacción electoral de los españoles el 14-M. Lo que ocurre es que seguir viviendo es la única forma de no volverse locos. No queda más remedio. No se trata de flema, sino de defensa (psicológica) propia. Han interiorizado, también ellos, el terror como un riesgo vital más: como la posibilidad de tener un accidente de tráfico, que a nadie impide seguir circulando. Todos hemos sufrido ese proceso mental. No advierto ninguna peculiaridad londinense. Si acaso, como dije, lo llamativo es la sobriedad (propia de su carácter), la contención, la elegancia al apretar los dientes y seguir caminando bajo el zumbido parpadeante de los helicópteros, que suenan como pájaros atrapados en la azotea, aleteando horrorizados contra las paredes, sin encontrar la salida.
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