Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

euskal show

Sin txapela y yo con estos pelos

Cuando llegamos a la luna


Ellos se perdieron mi primer guateque

Mi padre decía que era "el acontecimiento más importante de la historia de la Humanidad" (así, sin respirar). Con el gusto ingenuo de los ilustrados por las novedades tecnológicas -heredado del abuelo, el primer enciclopedista que conocí en persona-, le recuerdo siempre fascinado por el último cachivache de moda o el descubrimiento más reciente. Y el caso es que le escuchabas y acababa contagiándote el entusiasmo. Con él, casi siempre, te sentías viviendo un momento histórico. Así que, en aquellos días, presa de una excitación inducida por las peroratas paternas, consumí horas y horas de tele: asistí a interminables tertulias de "expertos", más épicos que eruditos, y a la retransmisión de unas extrañas imágenes, muy borrosas y entrecortadas. Mi abuela sentenció enseguida que todo era una farsa, y nunca pudimos convencerla de lo contrario -la mirábamos con condescendencia, como a una aguafiestas que, sin duda, había empezado a chochear-. Ajenos a su escepticismo, ¡qué emoción vibraba en nuestros pechos juveniles ante la escena, repetida hasta el hartazgo, de aquel hombrecillo ingrávido, disfrazado de buzo futurista, dando saltitos a cámara lenta!. La verdad sea dicha, por aquel entonces, nuestros pobres pechos juveniles no daban abasto a sentir emociones intensas, con frenesí propio de la edad, amalgamando un batiburrillo agridulce que, en el recuerdo, sabe a membrillo.


El de los saltitos


El primer guateque, ya para siempre unido en la memoria de aquel verano del 69 a la gesta astronáutica, fue una de esas emociones. Un verdadero cataclismo. Con Atienza y Centeno -compañeros de clase y de billares-, fuí captado a las puertas de un colegio de monjas por una adusta profesora que nos conminó a entrar casi a empellones. No sé cómo pudimos vencer al impulso de huir horrorizados. Subimos escaleras, atravesamos pasillos y llegamos a una enorme terraza con vistas a las azoteas de media ciudad. Era una fiesta de fin de curso, o algo así. Había mesas, banderas de papel, bombillas de colores, un tocadiscos, refrescos, chicas que bailaban entre sí o charlaban en corros -muchas chicas, guapísimas, que parecían mayores que nosotros, o lo eran, tal vez-, dos monjitas vigilando como búhos, una irreal luz rojiza de atardecer, unos cuantos chicos -pocos, desgarbados y nerviosos, hablando entre ellos, mirando a hurtadillas los corros de las chicas-, un calor sofocante y una dulce melodía de "Los Brincos" para bailar agarrados -ma non troppo, dadas las circunstancias- que, curiosamente, no bailaba nadie. "La suave luuuuz de aquel rincoooón hizo latir mi corazoooón".

Surgida no sé de dónde -no la había visto antes, ni la había percibido aproximarse-, me sacó a bailar cogido por los hombros, a la distancia justa de la longitud de sus brazos, una morena altísima que iba vestida y maquillada como una actriz de cine -al menos, a mí me lo pareció-, silenciosa, concentrada en el baile, tratando de guiarme con seguridad casi autoritaria -como a un torpe pelele sonrojado hasta los huesos-, a la que acribillé a pisotones, con quien me disculpé al acabar la pieza y de quien recibí -junto con una conmovedora mentira piadosa- los primeros gramos de ternura silvestre (no doméstica, foránea) de mi vida, envueltos en la magia de una sonrisa deliciosa: "Lo has hecho muy bien". Ni siquiera sé su nombre. Aturdido, bajé corriendo las escaleras y no paré de correr hasta llegar a casa. Corrí -luego lo supe- varios kilómetros, sintiendo el pecho a punto de estallar, golpeado por un puño interior, furioso y despiadado. Tenía una necesidad inexplicable de trotar, reír, saltar, gritar. Como un loco, cruzaba a la carrera las calles de Madrid, sin respetar los semáforos, sin siquiera verlos, oyendo a mis espaldas confusos bocinazos y chirridos de frenos.


Los Brincos (con ellos sí que salté)

Mientras Neil Armstrong hacía piruetas por la luna, mi corazón bailaba con el viento. "Un pequeño paso para el hombre". ¿A quién le importaba, entonces, la Humanidad?. Un paso hacia el descubrimiento del mundo de las chicas, esos seres anteriormente invisibles y, de pronto, tan fascinantes e ineludibles. Hacia la convivencia alborotada de la curiosidad sexual, ávida de espiar los insinuantes calendarios que colgaban en las paredes de la tahona -iba a mirarlos cada tarde, por la puerta trasera del callejón y, desde entonces, para siempre, la contemplación de una mujer desnuda es una delicia que me quema con el olor exacto de una vaharada de pan caliente- y la melancólica zozobra del amor platónico por la hija de la portera, con quien nunca crucé una palabra, aunque dejé en su buzón la carta de amor más larga y emotiva que he escrito en mi vida -cuánto me gustaría saber si la leyó-. "Un pequeño paso para el hombre" que, sin saberlo, empezaba ya a ser. "El acontecimiento más importante" - qué razón tenía mi padre -. Un verano inaugural, el del 69. Un estado de gracia. El alborozo del inicio de un viaje, con nostalgia del mañana. No sé por qué se empeñan en referirse al despertar de los sentidos, a la revelación del deseo, como "la inocencia perdida". ¿Puede concebirse mayor "inocencia" que la que nos desborda en esa etapa, cuando todo es posible todavía?. Cuando la inocencia nos pierde y, durante algunos años, transitamos -confiados e insolentes- por los vericuetos de nuestras fantasías. Cuando somos Armstrong, brincando felices sobre un suelo de talco, hasta que la decepción se nos presenta a cara de perro y de improviso: entonces, somos Aldrin exclamando "qué magnífica desolación"; la inocencia fallece de muerte repentina y comprendemos que la vida va en serio y su belleza es terrible, así en la tierra como en la luna.


Referencias

Dirección para referencias

Comentarios

  1. Suelo leer tus atinados comentarios en el blog de Roberto Zucco.
    Te dire que para mí es un escrito el tuyo en el que me veo tan reflejado, es tan verdad aunque al ver el nombre de los brincos se me desató la nostalgia.El sabor a membrillo me ha llevado donde tu estabas al escribir este post.
    Saludos y enhorabuena de este humilde lector.

    Comentario de Chusbg hace 3 años y 36 meses

  2. Gracias por hacerme saber que el texto ha "cumplido" su misión: ponerte ese sabor de membrillo en la boca y transportarte al mismo guateque, a bailar con "Los Brincos". (Ya ha merecido la pena el esfuerzo de escribirlo, ¿ves?).

    Yo también suelo leer tus comentarios en la casa de "Zucco" y me gustan (incluso aunque, a veces, no los comparta). A mí me parece que escribes bien. Y, a menudo, con chispa. También visito asiduamente tu blog. Así que nada, un abrazo y ¡nos seguimos leyendo!.

    Comentario de Ernesto hace 3 años y 36 meses

  3. Aplausos, aplausos, aplausos.

    Comentario de Portorosa hace 3 años y 36 meses


Recordar datos


euskal show © Todos los derechos reservados al autor
Sindica este sitio usando: RSS 1.0, RSS 2.0, Atom.
Esta bitácora se mantiene con Bitacoræ.