"Chule"
Ernesto - 10-07-2005 23:21:01 | Categoria: Alguien que anda por ahí
Había llegado al pueblo como llegan los hombres a todas partes: tras el contoneo de unas caderas que, según se decía, eran las de Isolina, la hija del pescadero. Jesús Salgado era madrileño, había sido legionario y marinero, estraperlista y camarero, viajante de comercio y chulo de putas. Sin embargo el mote, "Chule", se lo pusieron como apócope de "chulería", no como rémora de ese rincón oscuro de su pasado. Porque Jesús derrochaba chulería en su castiza forma de hablar, su atildada indumentaria, sus ademanes, sus famosos desplantes, su temple fanfarrón, sus blasfemias restallantes. - " Pi-chi, es el chulo que casti-ga "-. Salpicando betún y brillantina, desabrochado hasta el ombligo en pleno invierno, los bíceps tatuados con una sirena tetona y el emblema de la Legión, el cigarrillo siempre en los labios, alto y fornido como un castillo, con un vozarrón ronco de aguardiente, intimidaba a su paso y lo sabía, recreándose en ello. 
Chule era franquista con descaro, exhibiéndolo como una herida de guerra, con orgullo, con insolencia, sí señor, como quien se ha batido el cobre en las trincheras, con un par, a ver si va a haber que disculparse por haber ganado. De modo que todo el mundo sabía que era un facha de la piel del diablo, porque él mismo se encargaba de airearlo a los cuatro vientos en un pueblo aún acobardado como Mieres, con las heridas abiertas, con demasiado dolor a cuestas entre muertos, paseados, presos y vencidos del montón; un pueblo de taciturnos supervivientes anónimos, asustados, que se apresuraban a alzar el brazo en los desfiles para disipar toda sospecha a los ojos ubicuos de los jefecillos locales del Movimiento. Le escuchaban con risa de conejo. Era un bocazas de taberna. Con cuatro pintas de vino, le salía el legionario y echaba su perorata vitriólica contra los niños de papá que manejaban el cotarro, maricones falangistas, repeinados chupatintas de mierda, ante la mirada espantada de los parroquianos.
Chule tenía bula. Y había quien contaba, en voz baja, que tenía también una mujer y dos hijos abandonados en Madrid. Y un carabinero acuchillado en el puerto de Vigo, por un lío de faldas. Nada se supo nunca a ciencia cierta, pero era ya imposible verle pasar y no advertir el peso de esa mujer y esos niños y ese cadáver - convenidos, atribuidos, improbables -, encorvando levemente su espalda.
A las afueras de Mieres, cerca de Moreda, junto a los lavaderos de carbón que ponían el río negro como tinta, estuvieron durante años los barracones de un Tábor de Regulares. Batían los montes, de Cabañaquinta a San Isidro, a la caza del maquis. En las horas de asueto, en grupos de a cuatro, podía verse a los soldados marroquíes - de escasa observancia musulmana - dando tumbos por las calles, borrachos como cubas, con sus turbantes y sus pantalones de inmensas culeras plisadas. Tenían fama de pendencieros. A su paso, las aceras se despoblaban, se cerraban puertas y ventanas, el aire se tensaba como un trapo a punto de rasgarse y era mejor no mirarles ni de lejos. Por eso, aquella tarde, en el "Hogar del Legionario" - un chigre marrón de nicotina, decorado con banderas, armas y medallas en vitrinas, mapas y fotografías de desfiles - se veía venir la gresca. Porque había un tipo que no dejaba de mirar a los tres soldados y al cabo que cantaban una canción triste en su lengua, cogidos por los hombros, tambaleándose al final de la barra. El tipo que les miraba, se dio cuenta de que el cabo aguantaba mejor la borrachera, quieto, separando las piernas para ganar estabilidad, ajeno a la canción y los aspavientos de sus compañeros. Le devolvía la mirada, acuchillándole desde unos ojillos maliciosos. Pero el tipo, tan imprudente como impertérrito, seguía mirándoles y sentía lástima, mordido él también en sus tripas por el bicho de la nostalgia. El morito nunca pudo sospechar que se trataba sólo de eso: lástima, compasión, nostalgia. Porque Norberto, que así se llamaba quien, absorto, ignoraba haberse convertido en el centro del silencio de todos, también añoraba las dulces canciones de su tierra, forzado a abandonarla tras la guerra, la prisión, la condena a muerte que le puso el pelo blanco, el estigma grabado en su frente, "rojo", borrado del mapa para siempre, hasta acabar con sus huesos en "Fábrica de Mieres", volver a empezar, alcanzar una vida casi confortable y un lugar en la partida de cartas, como uno más, no importaba ya el bando: después de todo, en las minas o en los altos hornos, allí estaban unos y otros, juntos y revueltos, en aquel agujero poblado a toda prisa, encajonados entre montañas como muros, sin salida. Qué raro - pensó - ese encuentro de desterrados, atrapados en un pueblo remoto: él, huyendo de una guerra perdida; ellos, sin poder escapar de su victoria en una guerra ajena.
- ¡Eh, tú, "vasco"!: canta caralsol -, le espetó el cabo con su lengua de trapo y una malévola sonrisa. Los otros callaron y se acercaron, trastabillando, en ademán de respaldar a su jefe, que acariciaba peligrosamente la pistola en su funda. Norberto no sabía qué hacer, no podía pensar y ni siquiera lograba recordar una sola palabra de la maldita canción. No se atrevía a pestañear. El aliento del cabo olía a aguardiente. Se oía el tictac del reloj de pared que tenía la cara de Franco grabada en el péndulo, como un enorme medallón, por lo que - de modo tragicómico - el mismísimo Caudillo sobrevolaba la escena, columpiándose con sorna. Entonces fue cuando Chule ingresó, sin remedio, en la leyenda. Estampó contra el tapete las cartas que aún sostenía en la mano, se levantó de un brinco, llegó hasta el cabo desconcertado en dos zancadas, le agarró por la pechera, lo alzó en vilo hasta poder mirarle a los ojos sin tener que inclinarse y, así, sin un grito, apretando los dientes, masticando despacio las palabras, le oyeron decir:
- Este señor es un caballero español. Tendrías que volver a nacer para intentar llegarle a mi amigo a las suelas de los zapatos, moranco de mierda -. Y se echaba la mano a la sobaquera, como si llevase pistola - que no la llevaba, desde hacía años -, añadiendo, con la voz aún más ronca:
- ¡Largo de aquí ahora mismo, si no quieres que te deje la cabeza como un colador!.
Lo depositó en el suelo, agrio de serrín mojado en sidra, ante el silencio horrorizado de la concurrencia. Encendió un cigarrillo, volvió a sentarse, juntó todas las cartas, alargó el mazo a Norberto y le apremió "venga, reparte". Éste, como un autómata, se puso a barajar por hacer algo y, como estaba de espaldas a la barra, no pudo verles abandonar el bar uno tras otro, aunque si les oyese - aliviado - despedirse entre blasfemias en español macarrónico, amenazando con "volver a verse las caras".
Chule era mucho Chule en Mieres. Norberto era su jefe en el trabajo - así de extravagante es, a menudo, la vida - y eran amigos inseparables, pareja jugando a las cartas, asiduos de los torneos de bolos en casa Valerio, charlatanes sin prisa al frescor de la parra del merendero de El Chorro - con un porrón de vino y avellanas -, paseantes silenciosos por el camino de Ablaña, donde Chule tenía un prado con manzanos, huerta y gallinero. Fue allí, una tarde de verano, pocos días después del "incidente", mientras compartían un tomate recién arrancado de la mata que Chule troceaba con su navaja, chorreándole el jugo hasta los codos, cuando por primera y última vez en su vida hablaron de política.
- Dime una cosa, "vasco" - así le llamaba todo el pueblo a Norberto, con un deje de respeto y afecto -: ¿tú sigues siendo rojo?.
Norberto bebió un trago del porrón, se limpió los labios con el dorso de la mano, miró alrededor por instinto - ya sabía que estaban solos - y, con la cabeza inusualmente alta, respondió:
- Sí.
Un pájaro rompió el silencio al echar a volar justo en aquel momento, como sobresaltado por el disparo de esa palabra. Chule se llevó a la boca un gajo de tomate, pinchado en la punta de su navaja. Lo masticó despacio, pensativo.
- ¿Sabes?. Yo no soy verdaderamente uno de "estos".
Hizo una pausa teatral, calibrando el efecto de su revelación. Norberto se rió de buena gana.
- Y yo soy el obispo de Roma, ¡no te jode! - dijo, aún entre risotadas.
- ¡En serio!, tienes que creerme. Yo sólo soy Legionario, nada más que eso. "Caballero Legionario" -. Y lo pronunció solemnemente, con mayúsculas, como si dicho así significase algo que sólo él parecía comprender, como si condensase en sólo dos palabras toda una ideología, un estilo de vida, una forma de ser.
- Pásame el porrón, anda -, rezongó Norberto, con una sonrisa que aún no se le había querido borrar de los labios. Bebieron por turnos, hasta acabarlo, en completo silencio. Anochecía. No se dijeron ni una palabra en todo el camino de regreso a Mieres. Al llegar al puente de "La Perra", se fumaron un pitillo acodados en la barandilla, mirando destellar las crestas blancas de espuma sobre el agua tiznada de carbón, ensimismados.
- ¡Hay que joderse! -, susurró Norberto mientras exhalaba la última bocanada de humo y arrojaba la colilla al río.
- ¡Cabronazo! -, exclamó Chule riendo.
Y, como tantas noches, se fueron juntos a "casa Tornillos" para tomar la última pinta entre toneles renegridos, bajo un techo altísimo tapizado de telarañas, paladeando un vino áspero de pellejo, felices como dos niños grandes a la hora del recreo.
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Lo he leído dos veces porque me ha encantado. Y seguro que volveré a leerlo. Mientras lo hacía pensaba en qué comentario puedo dejarte que no sea, de nuevo, decirte que describes personajes de una forma mágica. Tengo la impresión como si la descripción fuera desde dentro hacia afuera, o sea empezando por hablar de su interior más profundo, haciendo que los conozcamos poco a poco y los hagamos nuestros.
Gracias otra vez por este relato mágico, toda una lección de convivencia, por cierto.
Muchos besos.Comentario de Iris hace 4 años y 53 meses
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Me encantan los escenarios que eliges. En los (pocos) relatos que he escrito yo, casi siempre elegía pueblos mineros, como Mieres. Tienen un "algo" especial.
Comentario de El Anacoreta hace 4 años y 53 meses
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Gracias a los dos. Sois muy generosos.
Este relato, ahí donde lo veis, me ha hecho sudar tinta. Tenía la historia, pero no daba con el tono. Y, sobre todo, no lograba que los personajes tuvieran cierto "relieve": una y otra vez me salían "planos". Así que no sabes cuánto me ha reconfortado, querida Iris, tu comentario. Aunque no me leyese nadie más, aunque nadie lo "viese" como tú lo has visto, incluso si me vituperasen con críticas sangrantes, me doy ya por "pagado". Sé que existe un alma, quizás un solo alma, en cuyo diapasón ha vibrado la nota que quería pulsar con mi relato. Es más que suficiente. ¡Qué placer!. Ya puede uno morirse sin que suene a impostura que el epitafio diga "escritor".
Respecto a la elección de un pueblo minero, en plena vorágine industrial de mediados del siglo pasado, querido Anacoreta, es porque comparto tu fascinación por ese "algo" y, además, porque lo conozco bien: Mieres es parte importante de mi infancia, cuando era un paisaje reventado por las minas, abrasado por las llamaradas espectrales de los hornos altos, cruzado por los costurones de un dédalo de vías, estremecido por el vaivén incesante de las locomotoras de vapor que arrastraban largas hileras de vagonetas, sacudido por un estruendo metálico de día y de noche, impregnados el aire, la lluvia, las ropas, de un perpetuo olor a carbonilla, a grasa caliente. Me parece "natural" usar todo ese material literario. Ha sucedido casi sin darme cuenta. Y no he hecho más que empezar. Yo mismo estoy sorprendido, pero siento que he de seguir construyendo mi "Mieres" con todos los retazos que guardo de cuando era un niño serio, observador, sensible y repelente que ya quería escribir pero todavía no sabía de qué. "Mieres" (así, con comillas) es un universo literario en construcción, hecho de pasar los recuerdos por el espejo deformante de la memoria literaria y servido con una guarnición de poesía y mentirijillas creativas. Nada (o casi nada) que ver con el Mieres real: o sea, algo que empieza a ser "interesante".
Comentario de Ernesto hace 4 años y 53 meses
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Ernesto, me ha encantado.
No es un cumplido por compromiso. Me ha encantado.
¿Te decepcionaría si te digo que es un relato de verdad, que pareces un "escritor en serio" (que no te decepcione, por favor; lo que daría yo por que algún día alguien me lo dijese a mí)?
Enhorabuena, y un abrazo.Comentario de Portorosa hace 4 años y 53 meses
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Mil gracias, estimado señor de Portorosa. Me importaba mucho, muchísimo, su comentario. Lo he esperado con ansiedad. Ahora mismo estoy despanzurrado, hecho una salpicadura de satisfacción estampada en el techo, tras el reventón de orgullo consecutivo a su comentario.
Comentario de Ernesto hace 4 años y 53 meses
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¡Qué foto tan preciosa!
Besiños.Comentario de Iris hace 4 años y 53 meses
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Me ha gustado mucho tu relato, Ernesto. Esa época que describes tan bien, ese mirar alrededor antes de pronunciar palabra -que nuncas se sabe quién puede estar a tu espalda- no me tocó vivirla y mi abuelo apenas hablaba de ella; supongo que porque tampoco yo tenía edad para escucharle y murió cuando cumplí los doce. En cambio, tengo un amigo -unos años mayor que yo- que le da muchas vueltas al tema. Se nota que algo vivió de niño y, ya se sabe, lo que se vive a ciertas edades, deja huella.
Estos días voy navegando de blog en blog y me sorprende encontrarme a gente que escribe tan bien. Es un auténtico lujo. Cada descubrimiento es un pequeño placer. También será pecado? Antes, dice mi padre, que todo lo bueno lo era ;) Bueno, no importa. No puedo ser siempre una niña buena :)
Lo dicho, un placer fortuíto e inesperado. Saudos!!Comentario de Tana hace 4 años y 51 meses
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Como puede Vd. comprobar, sigo picoteando por su blog cual haría pollo aviar (por las costumbres migratorias, digo).
EScribe Vd. bien, Sr. Ernesto, aunque en ocasiones se le vaya a Vd. la mano. Esto último, lógicamente, es sólo mi opinión personal. La opinión de una persona a la que le gusta la lectura, que gasta (¿invierte?) dinero en libros (demasiado, quizás) y nada más, de modo que confío en que no haga mella en su confianza (de hecho sé que no ocurrirá tal cosa, pues es Vd. persona inteligente). Como es lógico, por otro lado, mis gustos literarios influyen poderosamente este comentario, así que le ruego no me lo tenga en cuenta.
A lo que íbamos: observo que, en estos blogs que básicamente se podrían calificar como "literarios" y que visito con frecuencia pues, insisto, escriben Vds. bien resultan usuales los comentarios admirativos con aroma a mayúsculas y los recios palmoteos de espaldas. Felicitaciones, en fín, casi siempre muy entusiastas. Yo, de carácter más bien circunspecto, me quedo sorprendido muchas veces: más parece que hubieran matado un león con sus propias manos (o con quijada de asno, que viene a ser lo mismo) en lugar de escribir un relato. Me dirá Vd., Sr. Ernesto, que para ustedes es más importante escribir buenas historias que matar leones a mano. Lógico, a mí también me parece más interesante (además, ¡pobres leones!) pero ¿no creen que en ocasines se exceden ustedes un poco?.
Esto me trae a la memoria un relato de Bukowski en el que un personaje decía algo así como "no empecemos a chuparnos las pollas todavía", que en lenguaje bukowskiano viene a significar algo parecido aunque ,he de matizar, significativamente más excesivo que mi opinión.Comentario de Duque de Ínsua hace 4 años y 49 meses