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Sin txapela y yo con estos pelos

La mujer que bailaba los miércoles

La mujer que bailaba los miércoles, siempre quiso ser otra. Ser, por ejemplo, una gran señora y veranear en Saint Tropez, vestir trajes vaporosos de los mejores modistos, vivir intensos romances con hombres guapísimos que le regalasen diamantes y le hiciesen llegar cada mañana rosas recién cortadas, que le jurasen amor eterno bailando un vals, que le dijesen fuego al oído en el arrebato de un tango, que le amasen por las suites de todos los hoteles, beber champaña en un zapato, mearse de risa entre montañas de caviar y cajas de bombones, derrocharlo todo a manos llenas, mordisquear las cerezas sin llegarles al hueso, ver pasar la vida desde un descapotable, sin mirarle a los ojos, para no tener que presentir dos cuencas sin mirada.

La mujer que bailaba los miércoles, había sido guapa. Mucho más guapa que las vulgares amantes de su primer marido, un empresario zafio que sólo consiguió dinero, un pobre hombre jugador y borracho, un camorrista que dilapidó su fortuna hasta la quiebra de la empresa y la fatal apoplejía que lo llevó al otro barrio. Había sido guapa, sí señor. La anciana que se pintaba ante el espejo, conservaba aún tenues vestigios de aquella belleza en sus facciones, menudas y graciosas, pero su rostro era ya zona catastrófica mal disimulada por los polvos de arroz, el colorete y un borrón de carmín sobre los labios. Apenas podía distinguir en su reflejo más que un manchón desdibujado -a pesar de sus gafas de culo de vaso- , pero seguía añadiendo maquillaje contra la devastación y lo hacía tan a bulto que, de no fallarle la vista, se hubiera descubierto a sí misma como una de esas fotografías defectuosas en las que los colores se salen de los contornos.

La mujer que bailaba los miércoles, sobrevivía con una pensión equivalente a lo que muchos se gastan en tabaco. Eso le quedaba de su segundo matrimonio, junto al recuerdo agridulce de un tipo primitivo, terco y cascarrabias, que no era guapo ni rico, ni galante, ni apasionado, pero bailaba que daba gloria y a ella la volvía loca. Bailaba en la cocina, al son de la radio, en las verbenas y los banquetes, en las discotecas de los hoteles de Benidorm, en el rellano de la escalera, en los bares, en el club del jubilado. Cómo bailaba, el muy canalla. Tenía el ritmo en las venas aquel hombre enjuto, repeinado, con la camisa siempre despechugada, los dedos amarillos de nicotina y una sirena tatuada en cada bíceps. Con él no tuvo diamantes, ni rosas recién cortadas, ni champaña en un zapato, pero sí esa sencilla alegría de los domingos infantiles con churros para el desayuno. Con él tuvo la risa. No tuvo un descapotable, pero la vida pasaba lo suficientemente aprisa, agarrada a sus hombros en las revueltas del pasodoble, como para verla desenfocada y fingir creerla soportable. Hasta que enmudeció la orquesta y, en el salón de baile de sus días dorados, sólo se escucharon sus jadeos angustiosos, bajo una mascarilla de plástico turbia de vaho, lleno de tubos incrustados en su cuerpo consumido por el tumor que nadie quiso ya operar, como un gran insecto agonizante, fijado con alfileres contra la aséptica blancura de una cama de hospital en la que, una madrugada, se puso azul y se apagó boqueando como un pez en la arena.

La mujer que bailaba los miércoles, no tenía la vida que quería porque nunca se atrevió a hacerla: adónde voy yo, tan jovencilla, con apenas las cuatro reglas; adónde ya a mi edad y con los hijos a medio criar; adónde ya, tan vieja, hecha un cacharro. Vivía disecada en un lamento ritual, repetido a lo largo de sus edades, encerrada en la autocompasión, sin más salida que su fantasía. Poseía una fantasía exuberante, una necesidad compulsiva de mentir y una desconcertante capacidad para creerse sus embustes, lo que le permitía apropiarse de fragmentos de las vidas ajenas y contarlos, con apabullante desparpajo, en primera persona. Por ejemplo: en la India me impresionaron los elefantes, qué moles tan inmensas y qué miedo que da cuando los ves tan de cerca y parece que hasta retumba el suelo a cada paso, lo decía así, con toda naturalidad y convicción, sin haber viajado nunca más allá de Palma de Mallorca. A su vida aplanada y gris ceniza, le echaba por encima una colcha cosida con retales de colores. Y a sus mejillas demacradas les echaba demasiado maquillaje, aquella tarde de miércoles, la anciana que se pintaba ante el espejo. Y se atusaba el pelo, se perfumaba con su mejor colonia, se colocaba todos sus abalorios de bisutería, se enfundaba en su vestido de fiesta exageradamente ceñido y escotado, se calzaba sus zapatos de tacón y salía hacia la discoteca dejando un rastro de olor dulce, dispuesta una vez más a ser la reina del baile semanal para la tercera edad. Allí, lánguida y ensimismada en un bolero, vibrante y luminosa en una cumbia, era tan de verdad su personaje que entonces, sólo entonces, se sentía ella ser como quería. No hubiera cambiado aquel momento por todo el oro del mundo. Parecía levitar bajo los focos, completamente ajena a sus tacones torcidos y al dobladillo desfondado, riendo a carcajadas desdentadas desde el carmín furioso de una boca pintada fuera de sitio, como un tajo sangrante y al desgaire.

La mujer que bailaba los miércoles, vivía sola. Estaba sola. Era sola. No por falta de pretendientes, que los tenía que apartar a manotazos: melancólicos viudos, demasiado aturdidos -torpes y desamparados- para plancharse las camisas en sus destempladas madrigueras, repentinamente inmensas y silenciosas, en las que todo -hasta el silencio- hace eco. Sabía que moriría sola y no le importaba en absoluto. Todo el mundo muere solo. Lo peor es morirse. Entretanto, ¡a bailar mientras suene la música!. A girar en la pista hasta el mareo, viendo pasar la vida como en la ventanilla de un descapotable -manchón borroso que se aleja-, sin fijarse en sus ojos para no presentir dos cuencas polvorientas. Vivía sola, sí, porque había decidido no enviudar nunca más. Ya nadie se lo podría creer.

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Comentarios

  1. Me ha encantado, Ernesto. Me parece muy bonito; triste, claro, y bonito.
    Me ha parecido muy emotivo. A mí, todas las historias en las que pasa la vida y alguien mira atrás y apenas ve algo que no sean sueños incumplidos, me entristecen muchísimo... bueno, todas no, sólo las que están bien contadas.

    Un abrazo.

    Comentario de Portorosa hace 4 años y 53 meses

  2. Muy bueno Ernesto.
    La historia que aquí nos cuentas pasa mucho y para mi es uno de mis grnades temores.Llegar a un punto en el que mire atrás y vea sueños incumplidos como cometa tb Portorosa es uno de las peores cosas que a uno le puede pasar.

    Comentario de Neivan hace 4 años y 53 meses

  3. Hermoso, duro, real, pero muy hermoso. Tus palabras han vuelto a pasearse por mi corazón y se está acostumbrando.
    Muchos besos.

    Comentario de Iris hace 4 años y 53 meses

  4. Pues a mí me parece que la mujer que bailaba los miércoles había sido bastante feliz, fíjate. Tuvo un marido que la mimó, otro que la llevaba a hacer lo que más le gustó, ambos le dieron hijos y al final pudo decidir quedarse sola. Que se le murieran es normal, o no es normal pero pasa mucho, que son gajes del oficio. Como tú bien dices, solos estamos siempre, solos con nuestra voz interior y ya está. Yo por ejemplo tengo ahora la casa llena de críos, cinco, pero estoy sola. Soy capaz de abstraerme para escribirte porque estoy sola. No es malo estarlo, a ver, es una elección mía (también), comprendo que la soledad tenga muy mala fama, como el egoísmo, y que esté mucho mejor visto vivir en pareja. La inercia social es lo que tiene. Pero ¿quién con una vida más rica (socialmente “rica” y nada torcida) no se cambiaría por un minuto de gloria bajo los focos? Hay currículums por ahí llenos de “éxitos” que no significan nada, y en el fondo la vida no es más que eso, la ilusión de creérselo todo, de vivirlo bien, de comulgar con ruedas de molino si hace falta y no le dañan a nadie, sonreír. Y tú lo has sabido explicar divinamente.

    Comentario de La donna è mobile hace 4 años y 53 meses

  5. Hay que buscar un motivo bueno pa vivir. Bailar los miércoles és uno de los mejores. Embora a mi me gusten más los sabados...
    Ni siempre fue así: ya tuve caminos de revolucion, caminos de esperanza, caminos de amor encendido. Hoy, los bailes son la sintesis de todos los caminos. Y la musica.

    Comentario de maray hace 4 años y 53 meses


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