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Sin txapela y yo con estos pelos

La mujer que recogía naranjas al amanecer (II)

Después (ausencia)


Uno no se va de golpe, en contra de la versión burocrática de las cosas: digan lo que digan el certificado de defunción, la esquela, el registro civil, la seguridad social. Uno se va yendo poco a poco, no ya solamente de la memoria de quienes no le quisieron demasiado -de la de los otros, no se va uno nunca-, sino de los lugares y los objetos. Queda como una impregnación, algo que vibra invisible, lo que permanece de un buen perfume cuando ya no huele, un rastro de ese aroma personal que cada cual posee sin saberlo y los demás descubren cuando les falta. Uno se prolonga en esa huella impresa en el aire y se queda a jirones en un libro, un sillón, una chaqueta. Uno se manifiesta a inesperadas vaharadas que salen de un armario, un cajón, un rincón en penumbra. Es como vestir el vacío, como intentar en vano no ser echado en falta tan de cuajo. Y, al principio, todo eso consuela. Pero, después, escuece demasiado. Nadie puede vivir tropezando con tu ausencia a cada paso. Les ves acongojarse ante tus lentes, tus ropas en las perchas -tristes espantapájaros-, tu butacón, tu coche polvoriento en el garaje. Te metes en sus sueños y les dices "tenéis que sacudiros esta murria, soltadme, dejadme ir, que pueda ser recuerdo de colores que mariposea sobre vuestras cabezas y no esta pesadumbre en blanco y negro que se adhiere, asfixiante, a vuestros pechos". Les cuesta. Se apegan a lo que queda de ti, a esa estela espectral que todo lo marchita, que ya les empieza a hacer daño. Pero, al final, el río de la vida rompe el dique y sigue su curso sin sentirse culpable de ser agua y correr cauce abajo, añorando tu orilla. Y sonríes al ver el trajín que pone la casa patas arriba, el día en que deciden no dejar en su sitio ni una silla. Lo apruebas, satisfecho. Una brisa limpia barre el aire estancado y te ayuda a desprenderte de tus pertenencias con facilidad insospechada, llevándote con las nubes a perdurar en el perfil de una montaña.

A partir de ese día, ese vestigio desolador -tuyo- comienza a transmutarse en memoria afable -de los tuyos-, por la alquimia sigilosa de los corazones, esos prodigiosos alambiques perecederos. Nada te pertenece. El recuerdo es sólo suyo y es perenne. Es tu último desahucio.

La mujer que recogía naranjas al amanecer, tenía el pelo blanco y corto. Sus manos sopesaban las más jugosas, casi acariciándolas, pero su pensamiento estaba en otra parte. Ahora, puedes mirarla y verla transparente. Te enternece saber por qué sus ojos no brillan como antes y conocer el peso que doblega sus hombros. Estremecido, pasas tu mano por su cabeza y ella la confunde con un soplo de viento, atusándose -coqueta- el flequillo despeinado. No puede verte. Ni oírte susurrar: buenos días, amor mío, ahora ya soy la luz de tus naranjas.

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Comentarios

  1. Hola, Ernesto. Me parece muy bonito, muy emotivo y muy triste. Este tema, el de la muerte y los recuerdos que quedan del que se ha ido- me parece inconsolablemente triste.
    Un abrazo.

    Comentario de Portorosa hace 3 años y 37 meses

  2. Qué maravilla. Es una maravilla, Ernesto, con el corazón en la mano te lo digo. Es de las cosas más hermosas que he leído en la red. Anoche lo leí y me fui llorando a la cama (risas, la pobre es más patética...), bueno, llorando no, pero cayéndoseme las lágrimas. Supongo que es lo que pasa cuando te asomas a un corazón tan grande. Ufff, el abismo, ufff, la distancia exacta sobre las cosas, ufff, qué bien lo viste. La única pega es que estas cosas (de sentimientos, tan lentas, suaves, hermosas) no se puedan escuchar más cerca. Parece mentira que después de entrar así en alguien, como decía Neruda, no se cierren mis ojos con tu sueño. Si se te ve TAN bien.

    Ay, :-)

    Comentario de La donna è mobile hace 3 años y 37 meses

  3. Expresar con belleza el sentimiento no es algo que se consiga a menudo. Tú lo has hecho muy bien, con cuidado, con cariño, como una leve y profunda caricia.
    Gracias por estos textos.
    Besos.

    Comentario de Iris hace 3 años y 37 meses

  4. Gracias Ernesto por el comentario que has dejado en mi blog. Y ahora viene el comentario al comentario.
    Enesto querido, no puedes "devolverme" mis palabras, dejaron de ser mías en el momento en que las escribí para ti. Me reafirmo en lo que te dije: son unos preciosos textos escritos desde el corazón pero con cuidado, con mucho cuidado. Yo valoro el cuidado y la belleza en la escritura, incluso en los comentarios. No creo que lo que uno dice (escribe) sea más de corazón o más sentido porque lo diga tal como lo piensa, con el lenguaje cotidiano e inmediato. Nunca me ha gustado la pretendida (falsa) naturalidad que pretenden mostrar algunos escritos, y por eso valoro especialmente el cuidado (no sólo estético sino mucho más profundo e interior) con el que están construidos (sentidos, vividos) tus dos textos.
    Así que renuevo las gracias y añado más besos.

    Comentario de Iris hace 3 años y 37 meses


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