La mujer que recogía naranjas al amanecer (I)
Ernesto - 21-06-2005 00:31:36 | Categoria: Alguien que anda por ahí
A mi tía Araceli y a su esposo, el tiet Joan. Él se marchó en abril de 2003. Ella continúa queriéndome, haciéndome reír y contándome su vida para que la escriba.Antes (agonía)
La mujer que recogía naranjas al amanecer, tenía el pelo blanco y corto. Sus manos nudosas, finas, moteadas por los años de intemperie, sopesaban las más maduras, casi acariciándolas, antes de arrancarlas con un giro decidido, segura de su elección -siempre estaba segura de sus elecciones-, y arrojarlas a la bolsa de Pryca que tenía en el suelo. Vista de lejos, en la media luz del alba, podría ser una anciana campesina recolectando el frescor del rocío en los frutos redondos, rugosos, aromáticos, anticipándose al inminente calor de la mañana, al soplo seco del viento terral y la desesperación de las chicharras. Pero era una dama burguesa -vista de cerca-, de semblante embelesado y ademanes desmayados, un poco teatrales: acaso octogenaria pero admirablemente erguida, sin sombra de derrota en sus hombros, con el rostro aún terso, la mirada chispeante, el ademán inesperadamente enérgico, que regresa a la casa con sólo una docena de naranjas, pasando a grandes zancadas bajo el inmenso algarrobo que domina el jardín, subiendo al trote las escaleras de la cocina, jadeando levemente al volcar la bolsa en el frutero, sacudiendo sus manos con aire satisfecho, como diciéndose misión cumplida, otro día en pie, pero ensombrecida de repente ante la idea de que ya no serán demasiadas las mañanas en que repetirá el gozo de ese rito, su secreto y sencillo exorcismo de la muerte -metáfora exacta de su biografía-, arrancando a la vida sus frutos más jugosos y bebiéndose el zumo. Una mujer que -vista muy de cerca- se prohíbe llorar, mordiéndose el labio, mientras empuña con rabia el cuchillo y parte las naranjas de un tajo cada una, entes de aplastarlas contra el exprimidor como quien entierra una amargura.
Es la misma mujer que abre las ventanas para que el sol inunde la casa silenciosa, la enorme casa polvorienta que parece crecer de día en día, lentamente deshabitada de sus antiguas moradoras, las entrañables tías solas -Amalia, Aurora, Julia, Baíta: viudas, separadas, solteras, qué más da- que siempre llevó a su espalda -y a la del tiet Joan- con un afecto entre maternal -la Mamá, le llamaban- y tribal -mi Gente, les llamaba-. Para que el viento, todavía fresco, inunde de olor a tomillo las estancias vacías, disipando la agria humedad estancada de los sitios frecuentados por la muerte y aquietando ese temblor del aire que puede ser un rastro o, tal vez, un presagio. Y, sin embargo, parece ahora más joven. Alentada por una fuerza que absorbe directamente de los astros, a través de los poros, revoloteará por todos los rincones -torbellino implacable-, expulsando las sombras, dando cuerda a los relojes, ahuyentando a la muerte a manotazos. Y, cuando esté segura de haberse desprendido del menor atisbo de melancolía -el oficio de actriz viene en su auxilio, desde un pasado tan remoto que le parece perteneciese a otra persona-, entrará en el dormitorio en donde un anciano huesudo, de piel casi transparente, dormita plegado por el reuma. Le besará en la frente y, mientras deja el vaso en la mesilla, pronunciará las viejas palabras mágicas: buenos días, mi rey, traigo tu luz. Él abrirá los ojos. Se mirarán sabiéndolo todo. Sonreirán. (La mirada del zumo, esa mirada, cada día, es todo lo que le piden a la vida).
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Pues estaba yo aquí mucho más tranquila desde que ya sé donde sigo poniendo el huevo, y escuchando la música de Chopin que es para mí lo más dulce y mira tú por donde, me han empezado a despertar imágenes en la cabeza de cosas parecidas a esas que cuentas (tan bien contadas).
Digo yo que todos vivimos y vemos lo que está a nuestro alrededor; digo, y supongo, que la mayoría nos damos cuenta de lo que pasa, sabemos colocarnos debajo de esa gran explosión de sensaciones y empaparnos de ellas, la vida estoy segura que no es más que eso, verla pasar, participar en lo posible, mascullar, idealizar, expresar; muchas personas no tienen la capacidad de empapar a los demás con lo que cuentan. O no han mascullado bastante o al mirar, no vieron todo lo que había que mirar y entonces no llegan, no tocan ahí (ahí) donde hay que apoyar ligeramente el peso de las palabras para ¡chas! pisar donde las frases dictan, ver lo que las letras ven y sentir la misma, idéntica eclosión que tú brindas.
Eso que cuentas pasa a diario, en muchas casas, en casi todas, pero hay que saber verlo y después, saber contarlo. E voilà. Cuando eso pasa entonces parece que también lo ha vivido. Y es que lo ha vivido.
Comentario de La donna è mobile hace 4 años y 54 meses