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Sin txapela y yo con estos pelos

El extranjero

¡Tachán!. Sobre la frase de Pedro Pérez, he hilvanado estos retales que, reunidos, se parecen a un relato. Helo:

Un día, en la playa, apareció un extranjero. No le vieron llegar. Le descubrieron caminando descalzo, sin importarle la grava de la orilla.

El volcán había escupido lava durante una semana, ganándole al mar varios kilómetros de desolación basáltica, como una lengua negra de roca áspera. Sucedió el año en que murió Franco. Treinta años después, el oleaje había excavado una pequeña playa, apenas una muesca en la inmensa colada, que acogía una pequeña colonia de pescadores de bajura, un racimo de precarias casitas cúbicas alzadas con sus manos, una tenaz proclamación de la vida en medio de aquel pedregal yermo, un paisaje como de otro planeta.

Alto, flaco, con largas greñas blancas, la piel tostada y los ojos de un color claro impreciso -¿azules, grises, gris azules?-. Con elástica elegancia, se le veía agacharse a recoger unas piedras que, luego, en cuclillas, observaba con extraño interés. Algunas, las arrojaba violentamente al agua, con gesto de enfado. Otras, sin embargo, le hacían sonreír como embobado y, ésas, iban a parar a su zurrón deshilachado.

Las mujeres de Echentive barrían a las puertas de sus casas, apartando la arena negra que, cada día, el levante les llevaba hasta el felpudo. Tendían la ropa en los vacíos secaderos de las redes y el aire olía a limpio. Hablaban en corro, a la sombra del cañizo que resguardará a las barcas varadas cuando los hombres regresen de pescar. Las casas contra el acantilado y, arriba, el faro. Arrebujadas en la diminuta cala que es, a un tiempo, la playa y el puerto y la plaza del pueblo. Imposible no verle, no reparar en la novedad de su presencia ensimismada, en su desmesurada y desgarbada humanidad llenándolo todo a su pesar y desde lejos, en un lugar tan pequeño. Blanco de miradas oblicuas, objeto de cuchicheos indescifrables, seguía caminando ajeno a todo, se detenía, se agachaba, acariciaba una piedra, sonreía -su risa era, a veces, una gaviota chillando espantada-.

¿Qué hacía el inglés? -no se sabe por qué, pero fue el inglés desde el principio-. ¿Por qué lo hacía?. ¿Tenía su conducta algún sentido?. ¿Era, acaso, un forajido, un vagabundo, un demente?. El hongo de la sospecha anidaba en cada pecho, la oscura seta venenosa del temor y la hostilidad. Aquella noche, un unánime estremecimiento crepitó en las conversaciones de todas las cocinas y nadie pudo dormir sin dar dos vueltas de llave. Estremecimiento que agitó, al día siguiente, las charlas de los corros y la partida de cartas en la taberna. Que dejó paso, lentamente, con el transcurso de los días, a una curiosidad más confiada. Y, finalmente, a un cierto desistimiento rayano en el desdén.

El inglés vivía en una furgoneta roja que aparcaba al final del camino, sobre la escollera, en el extremo opuesto de la ensenada. Así es que, cuando lo hacían -cada vez más distraídamente-, le fisgaban desde lejos: como si casi no estuviese, como si nunca hubiese llegado. Habían pasado de escandalizarse ante sus baños nudistas a preguntarse para qué diablos sería el trípode metálico que, trabajosamente, había ido armando contra la pared del acantilado, día tras día, ensamblando tubos, cadenas y poleas. Era una escultura extravagante de un escultor moderno, decían unos. El armazón de su futura casa, decían otros. Lo único cierto, a la vista estaba, es que no se iba. De vez en cuando, subía a Fuencaliente con aquel trasto que amenazaba desintegrarse en cada curva, entre un estruendo de hojalata y explosiones de carbonilla. Pero volvía a su sitio en la escollera, a ocupar su lugar en la imaginación de todos: el del temor a lo desconocido. (Contaban que se le había visto comprar comida, tabaco y botellas de ron. Silencioso, distante, un poco altivo, pagaba al contado y dejaba propina). En Fuencaliente estaban acostumbrados a los extranjeros que venían a recorrer las bocas del volcán. Les parecía uno más. Un chiflado sin misterio que, al parecer, había decidido quedarse de Robinson en una playa perdida. Sin embargo, abajo, en Echentive, el ingés era una rareza. Por eso, aunque cada vez con menos interés, siempre quedaba alguna mirada pendiente de sus movimientos, de sus trabajos diurnos y sus borracheras nocturnas. Y, por eso, aquella mañana de junio, alguien detectó que algo extraordinario estaba a punto de suceder y pudo correr la voz. Y la corrió de tal modo que, en pocos minutos, había un tupido corro de gentes boquiabiertas alrededor del inglés y su artefacto de metal, tan cerca como nunca antes habían estado. Había, también, una camioneta del ayuntamiento y operarios con casco descargando un motor que, después, acoplaron al gran trípode. De pronto, todo tenía sentido. El inglés gesticulaba como un director de orquesta y repetía "jiar" (escríbase "here"), mientras el motor resoplaba y hacía girar aquel tubo que perforaba más y más hondo, humeando, chirriando, haciendo trepidar el suelo bajo los pies de los reunidos. Hasta que brotó el agua, el gran chorro de agua que provocó un murmullo asombrado y una ovación espontánea, cerrada, a la que el inglés correspondió con una limpia sonrisa.

Habían recuperado el viejo manantial de Fuencaliente, sepultado por la última erupción del Teneguía en el año de la muerte de Franco, gracias a los trabajos del geólogo holandés Vincent Van Halleen, el extranjero que un día apareció en la playa.

Referencias

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Comentarios

  1. Muy chulo el relato.

    Por los lugares y acontecimientos descritos, deduzco que esa historia sucedió en la realidad, ¿no?

    Comentario de El Anacoreta hace 4 años y 54 meses

  2. ¡Qué bonito, Ernesto! ¡Si hasta se huele el mar!

    Qué bien está descrita la sensación “hay un cuerpo extraño en nuestras vidas” con la irrupción del protagonista, y qué bien la playa, y qué fresco el hilo y qué bien llevado (salvo la explicación del paréntesis —compuesta por frases que para nada son de corte menor— que merece que se lo quites y lo cueles como Dios manda, ¿no?). Me gusta muchísimo, es muy original, muy fresco. Si ya te digo que está todo el rato oliéndose la playa. (No me gusta la reverencia del inglés, “propia de un director de orquesta al final de un concierto”, no pega con el carácter del personaje, él era más natural, más espontáneo, uno con la naturaleza, ¿qué sabría de conciertos ni de aplausos u homenajes del público alguien que sabe recuperar una fuente de vida?, y una última cosa, “sonreía -su sonrisa era, a veces, una gaviota chillando espantada-.”, no sé si la segunda sonrisa, la que está entre guiones, ¿será una “risa”?).

    Y ahora viene la parte en la que me disculpo por sacarte esas peplas, pero es que me parece que tú vas a hacer lo que quieras después con las sugerencias y yo me quedo en la gloria cuando te las digo, me parece tan bonito lo que has contado que ver esas aristas ahí me incomodan (pero sobreviviré, descuida). Y da gracias que no me chive al maestro Paolo, porque ese sí que viene con la rebaja y acabáramos.

    De verdad, no voy a poder escribir nada que esté a esta altura, me ha maravillado y ahora tengo la misma sensación que cuando me pongo a leer a un libro de los de verdad. ¿Qué tonterías sería yo capaz de atreverme a añadir? Ay, Ernesto, qué bien, qué bien, qué bien. Como decía un amigo mío, “sácate a hombros de mi parte”.

    Hermosísimo, de veras. Me da pena salir, fíjate, con el mar a los pies.

    Comentario de La donna è mobile hace 4 años y 54 meses

  3. Ay, qué burra soy. Ya estoy arrepentida de haberte dicho nada, :-)
    Tú perdóname, ¿sí?

    ¡Coño, lo está lloviendo TODO en cinco minutos...!

    Comentario de La donna è mobile hace 4 años y 54 meses

  4. Sólo los lugares (pertenecientes a la isla de La Palma, uno de los lugares del mundo que más amo y donde podrás encontrarme si me pierdo) son reales. Los hechos son completamente ficticios, mi querido "Anacoreta". Me alegro de que te haya gustado.

    Y a mi Ggggoossa, qué le voy a decir. Que no es verdad que no te haga caso: si te fijas, verás que he retocado el texto para limarle esas aristas que tan acertadamente habías detectado (se me habían "despistado" por hacerlo con prisas: quería "colgar" yo primero... La precipitación me pierde). ¿Cómo no hacer caso a la Maestra?. Necesito esos comentarios. Así iré mejorando. Los agradezco muchísimo. Sigue haciéndolos, por favor. Bueno, a los demás lectores también se los pido y se los agradezco (pero no garantizo tenerlos siempre en cuenta, las cosas como son, no se me enfaden ustedes vosotros, pero es que la señá Mobile es... es...la farola de esta polilla, así que a ver).



    Comentario de Ernesto hace 4 años y 54 meses


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