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Sin txapela y yo con estos pelos

Pluralidad

Decir de una sociedad moderna que es "plural", suena a tautología. La modernidad encuentra en el individualismo uno de sus rasgos esenciales y en el individualismo tiene, también la pluralidad, su última razón de ser. En cualquier sociedad moderna, la pertenencia a la propia conciencia y la afirmación de la libertad individual, se elevan por encima de cualquier pertenencia colectiva y de cualquier sometimiento a la disciplina grupal. Euskadi, como cualquier otra sociedad democrática moderna, es esencialmente plural.

Las sociedades modernas, a pesar de su individualismo, siguen estando cohesionadas por sentimientos básicos de pertenencia común, que las hacen distinguibles unas de otras. Uno de estos sentimientos es la conciencia nacional que, todavía, funciona en ellas como factor cohesionador del individualismo y de la pluralidad que las caracteriza.

Pués bien: es precisamente esta conciencia nacional la que en Euskadi se halla escindida y se erige, por tanto, en factor de división en vez de cohesión. Los ciudadanos vascos se organizan en torno a dos polos de referencia nacional : la nación vasca, para quienes se sienten principal o exclusivamente "vascos"; y la nación española, para quienes se sienten principal o exclusivamente "españoles", sin dejar de ser, por ello, vascos o incluso, para algunos, a fuer precisamente de ser vascos.

Esta disociación de la conciencia nacional y el consiguiente desdoblamiento de su representación política tienen, como es obvio, múltiples consecuencias para la gobernación del País que se expresan, casi siempre, en términos de mayor complejidad. Pero la más importante de todas ellas es la que se refiere, precisamente, al enfoque (también desdoblado) con que los vascos abordamos la cuestión del encaje de Euskadi en el Estado español o, en definitiva, la "cuestión nacional".

El Estatuto de Gernika se expresó en términos de pacto entre el País Vasco y el Estado español. Y, vista nuestra situación de desdoblamiento, tal pacto con el Estado tuvo que sustentarse en otro pacto previo e interno entre los propios vascos. Era la única manera de que aquel pacto expresara realmente la voluntad disociada de los vascos en torno a la cuestión nacional y al nivel de autogobierno deseado. Así, el Estatuto de Gernika, además de representar un pacto con el Estado, viene a delimitar el espacio en que los propios vascos hemos podido encontrarnos para organizar nuestra convivencia.

Pero, más allá de ese pacto interno, toda la política vasca del día a día viene condicionada y enriquecida por la necesidad de diálogo, de negociación y de transacción que impone nuestra propia pluralidad.Porque la cohesión básica que mantiene integrada a una sociedad y que a otros les ha venido dada por el devenir de la historia o por otras circunstancias, entre nosotros tiene que ser construída y consolidada cada día mediante el entendimiento y el tendido de puentes entre las dos "culturas" que se han dado cita en la sociedad vasca. Se está logrando que los vascos, no sólo nos resignemos a alcanzar una especie de coexistencia pacífica entre dos culturas, sino que caminemos hacia la asunción de un auténtico mestizaje cultural en el que, cada cultura, asuma como propios los rasgos de la otra y, ambas, converjan en la creación de una identidad cultural común y más enriquecida.

La permanente necesidad de entendimiento y de transacción, provoca un cierto sentimiento de "frustración" en quienes no ven posible llevar a la práctica su propio proyecto nacional, cualquiera que éste sea, y sienten que sus esfuerzos quedan siempre neutralizados por la existencia y la acción del otro. Así pués, es en la pluralidad interna de la propia sociedad vasca, más que en ningún otro límite externo, donde debemos encontrar la respuesta a la pregunta sobre la "suficiencia" de nuestro actual nivel de autogobierno. Lo que para unos es poco, para otros resultará excesivo. La conclusión será, por tanto, que el Estatuto de Gernika, plena y lealmente desarrollado, sigue siendo el punto de encuentro ineludible de los vascos y de sus conciencias nacionales disociadas.

Todo este texto es una transcripción. No soy yo el autor. Sorprendentemente, son palabras de José Antonio Ardanza, ex Lehendakari (el último Lehendakari de todos los vascos y vascas) pronunciadas en una conferencia dictada en la Fundación Juan de Garay el 3 de septiembre de 2002.

Curiosamente, a día de hoy, un pensamiento como ése no tiene cabida en el PNV del Plan Ibarretxe. Y, sin embargo, "prietas las filas". Votar, hoy, al PNV es hacerlo contra esa concepción de la sociedad vasca, la Euskadi real, la posible. Contra la pluralidad y el consenso, el mestizaje y los puentes. Por eso, yo interpelo a los votantes nacionalistas, les digo que su disciplinado voto, su adhesión inquebrantable, acrítica, no es inocente. Ellos, con su voto, pueden construir o romper puentes. Y, si deciden romperlos, serán culpables. Culpables de hacer inviable la Euskadi real, posible, en pos de su particular utopía. Culpables de fanatismo, de imposición unilateral sobre sus conciudadanos, de autoritarismo, de la exclusión social que éste genera, de arrogancia etnicista. Culpables, sí.

Interpelo, muy especialmente, a José Antonio Ardanza y a cuantos en el PNV piensan como él. ¿Dónde están?. ¿Qué dicen?. ¿Qué piensan hacer?. Les reclamo no ya coraje político, sino simple decencia. La decencia de romper filas y admitir, públicamente, que votar Ibarretxe es optar por un lehendakari para un vasco más de la mitad, contra la mitad menos uno de la ciudadanía. La decencia de decir públicamente que ésa no es la clase de lehendakari que necesitamos y que ésa no es la Euskadi que queremos, porque en ella no podremos vivir juntos, iguales y libres. Y, si callan, serán más culpables que las ciegas hormigas, la dócil manada que vota a toque de corneta, inflamada, tempestuosa, envilecida. Serán más culpables, porque ellos saben mejor que nadie de qué estamos hablando, de qué se trata, qué es lo que está en juego.








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