Comunidad nacional
Ernesto - 10-03-2005 17:40:51 | Categoria: Actualidad
Ahora toca linchar a Rubio Llorente. Ha metido la pata, sí. Pero, no nos engañemos: lo que menos importa es el escuálido "hueso". Lo que cuenta es que sirve para "engordar el caldo". El caso es cogérsela con papel de fumar, o no (como diría Rajoy), pero armar bronca con cualquier pretexto, mucha bronca, tanta y tan estruendosa que la polvareda no deje ver el paisaje, que el ruido no deje escuchar las palabras, las ideas, los razonamientos. Vamos a ver. Los catedráticos de Derecho Constitucional y otros expetos en la materia, mantienen un debate académico, muy interesante, acerca del significado, las repercusiones y el alcance futuro de los términos "nacionalidad", "nación" y "comunidad nacional". Se trata de garantizar que, al término del proceso de reforma constitucional, lo que quede plasmado en el texto de la Ley de leyes no sea una ambigüedad que propicie deslizamientos hacia aventuras desintegradoras de la arquitectura del Estado y, sobre todo, se trata de evitar elevar a precepto "canónico" la barbaridad nacionalista de atribuir "derechos" a las naciones en detrimento de los ciudadanos y, por último (aunque no con escasa importancia), se trata de no abrir la puerta al diseño de un Estado insolidario, con comunidades autónomas de primera y regiones de segunda categoría (es decir: con "privilegios" de unas sobre otras). Bien. Esta preocupación es lógica y está bien que exista. Ante todo cambio, sea cual sea su naturaleza, las "resistencias" son naturales y son saludables. Si no fuera por ellas, estaríamos abocados a vivir una sucesión caótica de situaciones fruto de cualquier "ocurrencia" de los gobernantes de turno, sin orden ni concierto, que imposibilitaría el normal funcionamiento del Estado. Ahora bien, compartiendo esa preocupación por las distintas y, a veces, distantes y aún opuestas virtualidades de los diferentes términos en discusión, creo que no debe nadie acorazarse detrás de las palabras y que, éstas, nos impidan la comunicación, primero, y el acuerdo, después. No en vano las palabras han de servir para comunicarse (entenderse) o, de lo contrario, no sirven para nada. Las palabras son instrumentales: sirven a las personas, no al revés. Y están vivas (las palabras y las personas). Son los hablantes quienes "hacen" el lenguaje, dotando a las palabras de significados cambiantes a lo largo del tiempo. No existen palabras de significado unívoco y, menos aún, inmutable. Véase el diccionario con la entrada "nación": pueblo, reino, patria, país, nacionalidad, territorio,estado . Búsquese, luego, "país": estado, territorio, república, nación, patria, paraje, etc. Rebobínese ahora todo el caudal de discursos dramáticos, incendiarios, alarmistas, grandilocuentes, apocalípticos, insultantes... que venimos escuchando y leyendo en estos días. Nótese, por favor, que Euskadi no ha dejado de llamarse "País" Vasco ni siquiera durante el franquismo y adviértase que la primera acepción de "país" es "estado". Más curiosidades: "nacionalidad" no es sinónimo de "país", pero sí de "nación". Y hay más: fíjense los valedores de la objeción territorial que "territorio" es uno de los sinónimos de nación pero, también, de país. ¿Qué quiero decir con esta ya demasiado larga digresión terminológica?. Quiero enfatizar lo absurdo de aferrarse a las palabras para arrojárnoslas a la cabeza. No son algo totémico. Hasta los más enfurruñados y encastillados partidarios de dejar las cosas como ahora están, habrán de admitir que sólo es una broma intrascendente sugerir que nos hemos pasado todo el franquismo llamándole "estado vasco" a Euskadi sin saberlo, o sin reparar en ello, "abriendo peligrosamente" no sé qué puerta, dado que los gobiernos del dictador eran "débiles y criptonacionalistas".
Pongamos las palabras en su sitio, sin sacralizarlas y sin retorcerlas en beneficio propio. Que fluyan, libres, entre nosotros. Que circulen, que no den miedo, que nos sirvan. No seamos sus siervos. Acordemos, construyamos, con ellas como ladrillos, la casa común en la que todos nos sintamos cómodos. No sigamos a ladrillazos con las palabras.
"Comunidad nacional". Vuelvo al diccionario (R.A.E.). "Comunidad": conjunto o asociación de personas (...) con intereses, propiedades u objetivos comunes. Eso es Euskadi y eso es lo que quiero que siga siendo. "Nacional": de una nación o relativo a ella. "Nación": nacionalidad. ¡Coño!. Si nación y nacionalidad son sinónimos, no tengo el menor inconveniente en aceptar y proclamar, como dije del término comunidad, "eso es Euskadi y eso es lo que quiero que siga siendo": una nación. La actual Constitución ya la define así, "nacionalidad" (o sea, nación), sin que Zaplana, Acebes, Rajoy y los telepredicadores vesánicos hubiesen, al parecer, caído en la cuenta. Va a resultar que no soy un maldito progre irresponsable, sino casi un inmovilista constitucional. Y va a resultar, también que no me he vuelto "nacionalista" (terrible lacra, según oigo en los sermones), ¡uf!, qué alivio, ya que no es preciso ser nacionalista para decir, con toda naturalidad, que Euskadi es una nación. Ya está. Dicho queda, más allá del miedo escénico, de los complejos o de la excesiva prudencia, no sé, de Patxi López (a quien deseo, por otra parte, el mejor resultado en abril: es la única opción que no ahonda la escisión social y hace del consenso su programa). Una nación cívica: en ella quiero vivir, con todos mis conciudadanos (aquí cabemos todos, o no cabe ni dios). No una nación étnica, escindida y excluyente, como quieren los actuales gobernantes nacionalistas y el mundo de ETA. Una nación cívica que hemos de hacer, también, con los nacionalistas y con los partidarios de no reformar el actual Estatuto, que nadie lo olvide cuando se ponga a tañer con ardor guerrero la trompetería apocalíptica. Una nación cívica que, hoy por hoy, rechaza el nacionalismo gobernante. Rechazo que, interesadamente, indecentemente, no oigo/leo destacar a ningún vocero de la bronca perpetua. No una nación étnica como la que sueñan los actuales gobernantes nacionalistas, sino (como proponen el PSE-EE y Aldaketa-Ciudadanos por el cambio) ceñida al marco constitucional: es decir, territorialmente definida por la actual C.A.V. y no, como lamentable y desinformadamente ha propuesto Rubio Llorente, plegada al proyecto irredentista de la "reunificación" abertzale (¿cómo reunificar lo que nunca fué uno?). Una Euskadi en la que sea Ley que ningún pueblo tiene más derechos que un ciudadano.
Aceptar "pulpo" como "animal de compañía", es una cómica pirueta verbal. Pero aceptar "nacionalidad" como "nación" o "comunidad nacional", es de sentido común. España es una nación de naciones, aunque el miedo reverencial a las palabras nos tenga enredados y llevemos 25 años usando eufemismos, y eso es lo que quiero que siga siendo. Un solo Estado democrático cuya soberanía reside en el conjunto de su ciudadanía, con igualdad de derechos cívicos sea cual sea el territorio en el que vivamos y con mecanismos suficientes que garanticen la solidaridad interterritorial. Yo creo que esta magnífica realidad que ya somos, puede y debe mejorarse y tiene ante sí un espléndido futuro. No permitamos que los numerosos "salvadores de la patria en peligro" decidan e impongan a todos cómo ha de ser la casa común. Creo que el acuerdo, el consenso amplio, es posible y que todos podemos ser vecinos en el mismo edificio. A veces, se da la paradoja de que los defensores a ultranza del inmovilismo son quienes, inconscientemente, más contribuyen a que se quiebre lo que ellos y la inmensa mayoría queremos preservar. Si a tanta gente le parece que el traje que nos hicimos hace 25 años nos está ya muy justo (hemos echado tripita), nos tira de la sisa, hagámonos otro más holgado. No nos empeñemos en seguir, erre que erre, con el antiguo: se acabará rompiendo en cualquier momento, se abrirá por las costuras que es, curiosamente, lo que tanto temíamos. Cuidado con los agoreros y sus profecías autocumplidas.
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